About the Blog

lunes 8 de febrero de 2010

La comedia del poder

0 comentarios

CON LA POLÍTICA NO SE JUEGA

El Comercio

JAIME BAYLY lanzó su candidatura presidencial como una broma del “Francotirador”. Pero el chiste comenzó a aparecer en las encuestas, ha hecho una primera alianza con José Barba y los brujos le dan posibilidades de llegar a la primera vuelta

Por: Fernando Vivas
Jueves 21 de Enero del 2010

Este no es el perfil de un político, ni la crónica de una candidatura, sino el festejo —con una mueca de fastidio— de la última “boutade” de Jaime Bayly.

El “Tío Terrible” tuvo una ocurrencia tan jocosa que carcajeó solo antes de contársela a sus íntimos, a su productora Ximena Ruiz Rosas, a su abogado Enrique Ghersi, a su amigo Luis Corbacho, a su esposa Sandra, a sus hijas Camila y Lola. Será candidato a la presidencia, sí señor.

Si en el 2006 se divirtió a sus anchas incitando a viciar el voto, en el 2011 será el vicio que viste y calza, con símbolo propio en la cédula, con banderolas (que el mandó a poner, no se haga el loco), aliados, ayayeros y hasta un tema de Tongo que no tiene nada que envidiar al “Baile del Chino”. Veinticinco años de TV aburren a cualquiera pero colarse en una campaña como la que prometen Castañeda, Keiko, Humala y los eternos pitufos es como si al niño espeso que pide el juguete más caro le regalaran, para saciar su gula, la juguetería entera.

Jaime tiene el monopolio de sus verdades y mentiras y las baraja de tal modo que nunca se sabe si la carta que muestra es firme o bamba. Todas las veces que he hablado con él me ha parecido el mismo simpático insondable. Por eso llamé a José Barba Caballero, el aliado indispensable porque tiene el “vientre de alquiler”, Cambio Radical, con los miles de firmas que Jaime no recabaría jamás: “Somos el partido más pequeño del mundo, Jaime, Enrique (Ghersi) y yo. Mi partido debió morir en el 2006, pero la ley le permitió seguir hábil y si a un auto destartalado se le acerca un piloto de Fórmula Uno, pues, adelante”. Le advierto a Pepe Barba que la metáfora vial puede llevar al barranco. “Falta mucho todavía, tienen que pasar las elecciones municipales, por ahora me estoy divirtiendo mucho”.

Pero estoy seguro de que ni Barba, ni Ghersi, ni la lista de notables, desde su difunto padre hasta Mario Vargas Llosa, que dan vida a la columna “Cabrones de mala entraña” (Perú.21, 18/1/10) se han divertido con el Bayly escrito. Cuando se esperaba que empezara a pergeñar ideas de gobierno, sale con esta diatriba para no gobernar con nadie. Por eso vuelvo a mi hipótesis del chiste.

“STAND UP COMEDY”

Si Jaime tiene un sueño político es pararse ante un podio en el Salón Dorado de Palacio y hacer “stand up comedy”. Aunque Barba me diga que “una cosa es el conductor de TV que canta con Tongo y otra el hombre de ideas centradas que quiere exponerlas al país”, no puedo dejar de pensar, si llegan a inscribirlo en el JNE, en “bloopers”, pisotones bajo la mesa de la alianza y pateadas de tablero por quítame esta paja.

Creo que Jaime sí es consciente de todo ello y por eso pone un límite a la travesura: no quiere llevar lista parlamentaria. Sucede que el candidato en broma sí podría meter, en serio, a un par de congresistas. Le dije a Barba que me extrañaba que un político como él aceptara tal sacrificio. “Jaime es el comandante general y si él dice que no, es no. Yo me conformo con el juego de ajedrez presidencial”. Insistí con mi extrañeza hasta que el dueño del “vientre de alquiler”, virtuoso ombliguista de tantas campañas, me dijo que todavía podían discutir ese sensible punto.

MEJOR COMO ENEMIGO

No me extrañó que Castañeda y Lourdes Flores marcaran distancia con quien podría apoyarlos. Supongo que su razonamiento defensivo es este: mejor tener a Jaime de enemigo cuyas pullas altaneras no sería necesario responder, que de aliado cuyas barrabasadas habría que explicar.

Desde el sofá de casa, iluminado sobre el centro de entretenimiento, un francotirador candidato es un espectáculo irresistible. El hombre tiene chispa e ingenio, además de ideas que ha mantenido con mayor consistencia que la de muchos candidatos adustos. Pero también tiene una furia vituperante y destructiva que solo puede ser neutralizada en el juego del “late night show”. Por cierto, si llegara el momento de una definición de candidatura, la televisión —por equidad— estaría obligada a prescindir de sus servicios.

Voto por Jaime solo en la tele, por el humor político como no lo soñó Carlos Álvarez, por reír otra vez, a carcajadas, con el brujo idiota que le pronosticó “no vas a ganar, pero vas a sacar un montón de votos, como el 60%”. En cambio, Bayly, como candidato real, no me da risa.

Observaciones
NOMBRE: Jaime Bayly Letts
OCUPACIÓN: Conductor de televisión y escritor
EDAD: 44 años
Read more

martes 2 de febrero de 2010

Hildebrandt: La TV y Bayly

0 comentarios
Viendo la tele

La Primera
César Hildebrandt

Hago de sapo, de buscador, de viajero inmóvil y me pongo a ver la tele del domingo por la noche.

Qué cosas. Primero está “Cuarto Poder”, dominado por los romos, con su gerente boliviano y sus estrellas traídas del alto Perú de Eisha.

La verdad es que el reportaje sobre César Gutiérrez, aspirante a sinvergüenza, y la tal Lily Lemaster, con MBA en la materia, aportó chismografía y poco más. Nada sustancial ni de fondo.

Y eso de obtener primicias de empleados de la embajada estadounidense –con horas extras en la de Israel de puro amor por la redundancia- como que ya fatiga. Eso de tener al juez Barreto o a la fiscal Zutanita como reporteros ciudadanos parece un poco holgazán.

Después está el tono del señor Tola, que tiene la energía de la horchata y el énfasis comunicador de un físico cuántico que acaba de perder el premio Nobel. ¿Por qué no le pondrán ají en el teleprónter, vitaminas en la copiandanga, un spray de limón en la nariz?

Nadie discute que “Cuarto Poder” es lo más visible de la tele, pero el problema profesional que padece, de manera notoria, es que nadie califica los temas, analiza su importancia o corrige los textos.

Un ejemplo espantoso de esos textos salvajes que a nadie preocupan y que cabalgan como ganado indio por la planicie es el señor Thorndike, alguien que alguna vez se insinuó como un reportero importante pero que ahora es un “Norky’s” hablado y con eructos.

Su texto sobre Paracas, el domingo pasado, llegará a ser citado por los profesores de la de Lima como ejemplo de lo que jamás debe hacerse.

Cegado por una labia casi narcótica, llama “prístinas” a las aguas de Paracas, “graciosos” a sus pingüinos, y “cautelosos” a sus lobos marinos (y cómo no van a ser cautelosos con los animales erguidos que por allí merodean).

Para esta hechura de la antiescuela de “Cuarto Poder”, las conchas de abanico, por supuesto, “brillan imponentes” y, por supuesto también, potencian la función sexual (con comentario personal incluido). Y para terminar se lanza desde el sétimo piso del asilo retórico donde yace: “Nos vamos (de Paracas) con el atardecer en el alma reposada”. ¿Con el atardecer en el alma reposada? ¿No será con el alma “atardecida”?

¿Y el doctor Guillotin? En “Cuarto Poder” no hay corrector. Es un semanario televisivo liberal y sin censuras.

Antes de Thorndike me he pasado un rato al canal del hombre que, nacido en Tel Aviv, recaudó en Lima 20 millones de soles por sufrir por nuestra libertad y he visto a Lúcar haciéndole gracias y vendiendo indulgencias a César Gutiérrez y a su distante y huidiza mujer.

La verdad es que antes Lúcar daba repeluz. Ahora da risa. Claro, al exculpar, a priori y de modo tajante, a Gutiérrez y a su dama de compañía, está cundiendo el mensaje que los Crousillat, sus amos perpetuos, quieren que cunda: nadie es corrupto, nadie merece críticas, nadie está bajo sospecha (a no ser que te llames Mauricio ni sé cuántos y hagas pizzas feas y seas un bufón involuntario; o que seas un medicucho del Sabogal, aunque jamás debes meterte con el hombre de la plata, el jefazo de Essalud, el que lobistea aquel humorista en planilla).

Paralizado, he seguido en el 2 y he visto un festín doméstico de veras perturbador.

He visto a José Barba diciendo que piensa en serio en Bayly como presidente de la República. Yo hasta ahora había tocado el tema Bayly con el buen humor que podría merecer, pero creo que es hora de decir algunas cosas.

Barba es un hombre inteligente, un amante del tabaco cubano, un bon vivant de éxito, un congresista que se hartó y un embajador que pudo hastiar con sus humos y su locuacidad. Pero hasta ahora toda la trayectoria de Barba pertenecía a la primera división de la política. ¿Qué hace en el potrero de la nada?

Si su problema es no perder vigencia y aliar su sigla inscrita en la ONPE con alguna fuerza que lo devuelva a la notoriedad –para no envejecer en el anonimato y no escarbar álbumes amarillentos como consuelo- ¿qué hace con un Bayly que ayer escribió en su columna de “Perú 21” esta frase que es toda una doctrina moral y un programa de gobierno?:

“Quiero ser presidente –escribe Bayly- y sueño con ser presidente y trabajaré como un poseso para intentar ser presidente y lo más curioso es que no tengo la más puta idea de por qué carajo quiero ser presidente, sólo siento que es algo que está en mi destino envenenado y que en esta hora decisiva no debo ser un cobarde y esquivar la cita con el destino malhadado...”

Un asunto de estilo: ¿el destino es envenenado y malhadado en un solo y breve párrafo? Aparte de cacofónico, ¿qué quiere decir? ¿A qué parte del destino pertenece Barba en la vida de Bayly: al veneno o a esa negra fatalidad que parece siempre llamarlo? ¿Alguien dijo cantos de sirena?

No sé si Bayly requiere de un lavado gástrico o de un suicidio. Lo que sí sé es que Barba va rumbo a ambas metas si sigue con esas juntas.

Una pregunta a Barba: José, ¿la política arruinó tanto tus expectativas que debes llamar a estas proclamas (“no tengo puta idea de por qué quiero ser presidente”) “debate de ideas”, “aporte al diálogo”, “luz para la democracia”? ¿Tanto daño te hizo el Apra, José, como para que tuvieras la autoestima en el subsuelo J de un retail panameño?

¿Por qué diablos no te presentas de una vez, con tus bártulos y tus ideas –que sí valen la pena- en vez de estar haciendo de padrino de alguien que llama “cabrones de mala entraña” a su papá, a sus hermanos y a su tío Bobby, a quien acusa, además de cabrón de mala entraña, de amarrete y maricón? ¿Ha imaginado Barba a qué mundo acaba de entrar con el estrépito de la farándula y la ceguera de aquellos a quienes los dioses quieren perder?

Bueno, pero si Barba es cierta decencia confundida luego aparece Ghersi. Y a este sí no le creo ni los monosílabos ni la corbata ni la presuntísima existencia de su alma.

De modo que me paso al 5, donde Cayetana Aljovín hace enormes y triunfales esfuerzos por no existir. Periodismo suizo de hibernación a la espera de que alguna maña sentenciosa y judicial saque a Schutz de las alcantarillas desde donde da órdenes, órdenes subterráneas y con eco y con ruido de chapoteo de pies en aguas inmencionables.

De modo que allí acaba mi fugaz paseo por la tele. Está tan buena la tele que la lectoría de periódicos debería haber crecido quinientos por ciento. ¿No lo ha hecho? ¡Qué tal problema! ¿O es que la tele y la gran prensa y la gran radio (y la gramputa, para citar a Ortiz) son la misma gran cosa?
Read more

lunes 1 de febrero de 2010

“La transición inconclusa” y Humala

0 comentarios

31 de enero de 2010La República
Por Martín Tanaka

La semana pasada comenté el reciente libro de Alberto Adrianzén, La transición inconclusa, y terminaba diciendo que es inevitable relacionar los planteamientos del mismo con el reciente respaldo del autor, junto a otros profesionales de izquierda, a la candidatura presidencial de Ollanta Humala.

Si el diagnóstico es que de lo que se trata en el Perú de hoy es de romper con la continuidad neoliberal y de refundar la política mediante una asamblea constituyente plenamente soberana; si es que se piensa que la candidatura de Humala es la única opción “realmente existente” y viable después del fracaso de las candidaturas de izquierda en 2006; y si es que se confía en que esta vez se superarán los problemas de una candidatura improvisada, entonces ese respaldo parece lógico.

Lo que suena extraño para mí es que muchos de quienes apoyan hoy a Humala antes trabajaran en los gobiernos de Valentín Paniagua y de Alejandro Toledo (haciéndolo muy bien, dicho sea de paso). ¿Cómo se entiende esto? En su libro Adrianzén señala que con Paniagua habríamos vivido la posibilidad de una “refundación republicana”, un pacto antiautoritario que expresara la “nueva mayoría política” forjada en el combate al fujimorismo; mientras que con Toledo habríamos tenido la continuidad tanto del modelo económico como de viejas prácticas políticas (p. 187-189). Así, de las potencialidades de la transición se justifica el apoyo a Paniagua o Toledo, y de las limitaciones aparecidas conforme avanzó el gobierno de Toledo se justifica el alejamiento de este y el actual apoyo a Humala.

Sin embargo, ¿no suena ingenuo el haber pensado que Toledo haría el tipo de cambios que ahora plantea Ollanta Humala? No me parece justo acusar a Toledo de “traicionar” un programa radical que nunca fue suyo. Esto solo es posible mediante la construcción, un tanto artificiosa, de un “programa de la transición”, respaldado por una ‘mayoría política” que me parece solo existió como proyecto en la cabeza de algunos, pero no en la realidad ni en las intenciones de Paniagua o Toledo. En realidad, me parece que el respaldo a Humala no se deduce de la “transición inconclusa”, sino de la radicalización que han experimentado algunos en los últimos años, al calor de la oposición al actual gobierno de García.

El problema con esto es que parece confirmar un patrón según el cual la izquierda, incapaz de crear partidos propios mínimamente viables, según las coyunturas ingresa y trata de controlar e imponer sus agendas a liderazgos y grupos ajenos, pero los abandonan cuando se debilitan, para buscar nuevos. ¿No sería mejor para la izquierda apostar por un proyecto propio, aunque fuera de largo plazo? Y si no, ¿no habría sido más consecuente integrarse y apostar por fortalecer el Partido Nacionalista? Respaldar una candidatura, pero no un partido, no contribuye a reducir el caudillismo ni a fortalecer nuestras precarias instituciones.
Read more

Jaime Bayly: Deshojando Margaritas

0 comentarios
Miedo torero
Lun. 01 de febrero de 2010
Perú 21
Autor: Jaime Bayly

Por lo general, una persona renuncia a un trabajo porque ha sido contratada para desempeñar un trabajo mejor remunerado (es decir, renuncia para ganar más dinero) o porque quiere dedicarse a un oficio que tal vez le procure un menor beneficio económico, pero en compensación le permita disfrutar de dicho oficio más intensamente del que renunció, o le permita disfrutar de ese oficio porque no disfrutaba para nada del que abandonó (es decir, renuncia para sentirse mejor).

Parecería insensato que una persona renuncie a unos trabajos muy bien remunerados y de los que disfruta bastante para postular a un trabajo mal remunerado y del que sospecha que no disfrutará tanto o bastante menos de los trabajos a los que ha renunciado.

Tal parece ser mi caso.

Tal vez debería preocuparme por eso.

Yo tengo no uno sino cuatro muy buenos trabajos y me dedico a ellos con pasión y no podría decir que recibo unos honorarios mezquinos (al contrario, me pagan bien y he podido ahorrar un dinero) y en general disfruto de los cuatro trabajos que desempeño, en buena medida porque son trabajos que he elegido y no hago por puro afán de lucro sino porque me gusta dedicarme a esas tareas (y que me paguen bien o muy bien es algo que viene por añadidura pero que no resulta la razón prioritaria para que yo trabaje en esos cuatro oficios).

Mi primer trabajo es dirigir y presentar un programa de lunes a viernes en un canal de noticias internacional con sede en Bogotá. Mi segundo trabajo es dirigir y presentar un programa los domingos en un canal de televisión de Lima. Mi tercer trabajo es escribir una columna semanal (esta columna) que publico en algunos periódicos y revistas de la región. Mi cuarto trabajo (y el que más me apasiona o el que hago sin importarme el dinero que me dejará) es escribir novelas, una novela al año por lo menos: eso es lo que me propuse el año pasado, cuando me enteré de que al parecer no me queda mucha vida. Según los médicos, tengo el hígado bastante dañado y puedo morir en cualquier momento si no dejo de tomar las pastillas que, como es obvio, seguiré tomando sin que me tiemble el pulso suicida. En consecuencia, si hemos de creer en los médicos (y yo no les creo o no quiero creerles), no me quedan muchos años por vivir, puesto que mi hígado estragado no soportará toda la basura tóxica que le arrojo y un día no muy lejano colapsará y me mandará al infierno en el que tantos colegas me esperan. Por eso me he obligado a publicar una novela al año por lo menos, y ya tengo escrita la que saldrá este año, en agosto, y la que saldrá el próximo año, el 2011, y estoy escribiendo la que con suerte saldrá el 2012, esté vivo o esté muerto. Lo que quisiera es terminar cinco novelas antes de morirme y ya llevo dos y voy por la tercera.

Esos son los cuatro trabajos que animan y dan sentido a mis días: dos provienen de la televisión y dos del vicio de escribir. Irónicamente, los que mejor me pagan (los que provienen de la televisión) son los que menos disfruto y los que a veces detesto y los que sueño con dejar algún día. Cruelmente para mi vanidad, los trabajos que más disfruto (los que seguiría haciendo aunque no me pagasen) son los que menos dinero me dejan. No se crea entonces que tengo cuatro trabajos porque me gusta trabajar. Tengo cuatro trabajos porque los dos que más me gustan no me dejan suficiente dinero para pagar las cuentas de mi familia. Como escribir novelas y columnas periodísticas son trabajos que dejan poco dinero (o al menos ese es mi caso, no necesariamente el caso de todo escritor), me veo obligado a trabajar también en la televisión de Lima y en la de Bogotá. Podría, sin embargo, trabajar solo en una de esas dos televisiones, y ya con eso tendría suficiente dinero. ¿Por qué entonces tengo cuatro trabajos cuando podría tener tres y con esos tres trabajos ganar bastante dinero, todo el que mi familia necesita para darse la buena vida que sin duda se merece? No lo sé. No tengo respuesta a esa pregunta. Pudiendo conformarme con tres trabajos, me obligo a desempeñar cuatro. ¿Lo hago por codicia, para ganar más dinero del que realmente necesito? No lo sé. ¿Lo hago por vanidad, para que me vean en muchos países y no solo en el que nací? No lo sé. ¿Lo hago porque, a despecho de lo que pienso de mí, no soy tan haragán como creo y en realidad soy sin darme cuenta un sujeto que no puede vivir sin trabajar? No lo sé. Sospecho que tengo cuatro trabajos pudiendo tener tres y hasta dos y hasta solo uno porque soy ambicioso, porque soy vanidoso y porque soy emprendedor y también porque no consigo disfrutar de la vida si no estoy haciendo algo útil que me permita no pensar en lo miserablemente jodida que es la vida: pensar en la vida, en mi vida, en el caos que ha sido y es y será mi vida, es algo que me entristece y confunde y llena de melancolía, y por eso necesito trabajar, porque cuando trabajo me distraigo de esa tentación peligrosa y destructiva que es la de tratar de dar sentido racional a mi vida.

Me fui por las ramas. Regreso al punto original: ¿Por qué estoy considerando dejar mis cuatro buenos trabajos para aplicar a un trabajo mal pagado, ferozmente estresante, que dura cinco años (cinco años que no sé si conseguiré sobrevivir) y para el que muy probablemente no seré contratado por mis empleadores? ¿Qué sentido tiene renunciar a cuatro trabajos para postular a uno en el que ganaría mucho menos dinero y en el que sospecho que la pasaría bastante mal?

Racionalmente, no tiene ningún sentido dejar cuatro buenos trabajos para postular a un trabajo que casi con seguridad no me darán (porque no me considerarán apto o calificado para desempeñarlo debidamente) y que, aun en el improbable caso de que me lo concedieran, me condenaría a ganar mucho menos dinero y a someterme a unas tareas extenuantes durante cinco largos años, unas tareas que racionalmente no podrían ser más gratificantes que los trabajos que he desempeñado en los últimos veinticinco años o más: escribir novelas y hacer televisión.

Ninguna persona cuerda debería dejar cuatro buenos trabajos, muy bien pagados, que le gustan mucho, para postular a un trabajo mal pagado, para el que seguramente no será contratada.

Ninguna persona sensata, prudente, racional, cambiaría cuatro buenos trabajos por la incierta posibilidad de un trabajo mucho peor (al menos, en términos de dinero y goce personal).

Ese trabajo mal pagado, que dura cinco años, que te abruma de opresivas e inesperadas responsabilidades, que casi con seguridad te condena a ser odiado por muchas personas, que puede costarte la vida a manos de un sicario o un loco o un fanático, es el de ser presidente del país en el que nací.

¿Por qué debería siquiera considerar postular a ese trabajo infernal si por el momento disfruto de cuatro buenos trabajos?

¿Por qué debería dejar de escribir novelas para dedicarme al oficio incomprendido y rara vez agradecido de servir a los demás?

¿Por qué me resulta tan seductora, hipnótica y fascinante la idea de joderme la vida, la poca vida que me queda?

No lo sé. No tengo idea.

Racionalmente, es una locura que piense siquiera en ser presidente de mi país o presidente de cualquier cosa.

Yo he nacido para estar solo y para escribir y para decir lo que me sale de los cojones y para que nadie me joda la vida pidiéndome que le resuelva sus problemas cuando a duras penas puedo yo con los míos.

Un simple cálculo racional me dice que si soy candidato a la presidencia perderé casi con seguridad y que en el caso improbable de que ganase me joderé la vida sin remedio.

Debiera entonces quedarme con mis cuatro buenos trabajos y olvidarme del sueño autodestructivo de ser el hombre más poderoso e infeliz de la tribu en la que nací.

Debiera ser capaz de olvidarme de ese sueño, pero no puedo olvidarlo y no me pregunten por qué no puedo olvidarlo, no lo sé, el hecho es que está allí, turbándome, inquietándome, desvelándome.

No me importa joderme la vida, dejar de escribir, morirme antes de tiempo, que me reviente el hígado o que me mate un imbécil lleno de odio: quiero ser presidente y sueño con ser presidente y trabajaré como un poseso para intentar ser presidente y lo más curioso es que no tengo la más puta idea de por qué carajo quiero tan obsesivamente ser presidente, solo siento que es algo que está en mi destino envenenado y que en esta hora decisiva no debo ser un cobarde y esquivar la cita con el destino malhadado como un señorito pusilánime y que debo plantarle cara a la bestia que viene bufando a cogerme y morir toreando como siento que han de morir los valientes.

Tal vez sea aquella la respuesta: quiero ser presidente por la misma razón por la que hace veinte años quise ser escritor: por puro arrojo torero, para sentir el miedo del que lo arriesga todo en nombre del coraje y de la poesía que habita en el coraje y la redención del que entrega la vida por un sueño que la embellezca aun perdiéndola.
Read more

sábado 30 de enero de 2010

Alan García y la fiscal

0 comentarios

La República
Dom, 24/01/2010
Por Fernando Rospigliosi
frospigliosi@larepublica.com.pe

La fiscal de Ayacucho Cristina Olazábal Ochoa, que ha llevado los principales casos de violaciones a los derechos humanos, procesada por denuncia de Alan García.

El ciudadano Alan García denunció a la fiscal Cristina Olazábal en el 2005, porque la magistrada lo había incluido como uno de los responsables de la matanza de Accomarca, ocurrida en su primer gobierno.

La Oficina de Control Interno de Ayacucho declaró infundada la denuncia. Pero siendo García presidente, las cosas cambiaron. En febrero del 2008, la fiscalía suprema de Control Interno declaró fundada la denuncia de prevaricato y el último día del año 2009 la fiscal Gladys Echaíz hizo lo mismo.

En consecuencia, Cristina Olazábal, una fiscal corajuda, que ha denunciado a los asesinos de Accomarca, Putis, Chuschi, Los Cabitos, la desaparición de Jaime Ayala y otros casos, ha sido acusada ante la Primera Sala Superior de Ayacucho.

Un hecho gravísimo que puede tener consecuencias funestas no solo para Olazábal, sino para todos los magistrados que contra viento y marea están llevando los casos contra militares violadores de los derechos humanos.

Ahora, el propio presidente de la República está personalmente involucrado en esta campaña a favor de la impunidad de los criminales.

Accomarca otra vez

La masacre de Accomarca es quizás la más famosa de toda la guerra antisubversiva. El 14 de agosto de 1985, a las dos semanas de inaugurado el gobierno de Alan García, una patrulla del Ejército reunió a 69 personas, la mayoría ancianos y niños (los más pequeños de dos años y los mayores de ochenta años), los encerró en una cabaña y disparó granadas incendiarias y explosivas contra ellos, matándolos a todos.

El caso horrorizó al Perú. En ese momento, con el gobierno recién empezado, una comisión investigadora del Congreso viajó a la zona y recogió abundantes testimonios que corroboraron ampliamente los hechos.

El jefe de la patrulla, el entonces subteniente Telmo Hurtado, en su declaración ante los parlamentarios no solo no se arrepintió de la masacre, sino se ufanó de ella. Justificó el asesinato de niños diciendo que Sendero Luminoso los adoctrinaba desde los dos y tres años. Y, además, enrostró a los parlamentarios: si ustedes están sentados en sus curules, les dijo, es gracias a nosotros que estamos combatiendo al terrorismo.

Huelga militar

Al principio, el joven e impetuoso presidente García reaccionó con rapidez y energía. Destituyó al jefe político militar de Ayacucho, el general Wilfredo Mori y al jefe de la II Región Militar, el general Sinesio Jarama.

Los militares, que habían dejado el poder solo cinco años atrás, en 1980, después de una larga dictadura, se sentían todavía fuertes. Y los políticos civiles, tan timoratos como siempre, les tenían temor.

Las Fuerzas Armadas iniciaron una huelga. Decidieron no salir a patrullar, en momentos en los que Sendero, a consecuencia de los errores de los propios militares, de la policía y de los gobiernos civiles, crecía rápidamente y se había extendido de su inicial reducto ayacuchano, a cada vez más regiones del Perú.

Los senderistas se adueñaron momentáneamente de las áreas rurales. El gobierno cedió ante los militares

Las investigaciones se paralizaron. El subteniente Hurtado siguió en el Ejército y ascendió a capitán y luego a mayor. (Fue descubierto por el IDL en el gobierno de Alberto Fujimori que, ante el escándalo, lo pasó recién a retiro).

Lo más importante, Alan García y su gobierno nunca más criticaron, denunciaron o investigaron las violaciones a los derechos humanos cometidos por las fuerzas del orden. Al contrario, fueron los primeros en encubrirlas.

Una fiscal ejemplar

La fiscal Olazábal, que ha tenido un papel valiente y destacado en investigar y denunciar las violaciones a los derechos humanos durante la guerra interna, probablemente se equivocó al incluir a Alan García en la denuncia de Accomarca. García no fue responsable de esa masacre.

No hay comparación, por ejemplo, con el papel que jugó un año más tarde en la matanza de El Frontón.

Pero en todo caso, podría ser un error de criterio de la fiscal Olazábal. De ninguna manera prevaricato (que implica dolo, es decir, ánimo expreso de actuar en contra de la ley), como denunció Alan García y ahora acusa la fiscal de la Nación.

Por último, cabe mencionar que la denuncia de Olazábal contra García no prosperó. El Poder Judicial lo excluyó del proceso de Accomarca.

En síntesis, un yerro de la fiscal de la Nación, Gladys Echaíz, que empaña el buen desempeño que ha tenido en su cargo. Y un despropósito de Alan García, denunciar a una fiscal como Cristina Olazábal, que se ha convertido en un puntal en la difícil y peligrosa lucha por la justicia.
Read more

jueves 28 de enero de 2010

YO el supremo

0 comentarios

La República
24 de enero de 2010

El presidente venezolano Hugo Chávez pretende hoy profundizar su revolución bolivariana con medidas de corte populista como la estatización de una cadena de supermercados registrada la semana pasada. ¿Qué factores están en juego en esta expropiación y quién impulsa el nuevo horizonte avizorado desde Caracas? Aquí tres expertos examinan el nuevo momento que vive el chavismo.

Por Ghiovani Hinojosa

“Cuba es el mar de la felicidad. Hacia allá va Venezuela”.
Hugo Chávez
La revolución socialista que se experimenta en Venezuela –asentada sobre la desazón que los gobiernos liberales dejaron en los sectores desposeídos del país en las últimas décadas del siglo pasado– continúa su camino galopante rumbo al control estatal total. Tras cerca de 11 años en el poder, el deslenguado presidente Hugo Chávez Frías muestra su faceta más radical: la semana pasada ordenó a funcionarios de su gobierno tomar el control de seis locales de Hipermercados Éxito, una cadena de tiendas colombo-francesa, e intervenir tres pequeños bancos privados: Mi Casa, Interunión Banco Comercial y Del Sol. Estas medidas, según los analistas consultados, inauguran un nuevo momento político en el llamado ‘socialismo del siglo XX’ y confirman la vigencia de Fidel Castro como el mentor ideológico detrás del bolivarianismo latinoamericano.

Popular a como dé lugar

La versión oficial sobre la necesidad de estatizar las tiendas Éxito critica el “remarcaje” en el que habrían incurrido estas empresas, es decir el incremento injustificado del precio de sus productos. Esto, como recuerda Luis Vicente León, director de Datanálisis (la principal encuestadora venezolana), en entrevista telefónica con DOMINGO, se originó en realidad por la pérdida de valor de la moneda nacional frente al dólar. Así, las corporaciones se vieron obligadas a aumentar los precios de sus artículos alimentarios y tecnológicos, muchos de los cuales son importados, por la devaluación del bolívar. Como esta situación se veía venir desde hace algunas semanas, los venezolanos se apresuraron en adquirir productos de todo tipo con premura. Entonces, los hipermercados se atiborraron de gente, y el gobierno encontró el argumento perfecto para imponer su presencia –a través de sus agentes militares– en los centros comerciales.

“El uso de la excusa del ‘remarcaje de precios’ le sirve a Chávez, primero, para justificar una expropiación que probablemente ya tenía decidida y, segundo, para advertir al resto de empresarios que, si suben sus precios, correrán la misma suerte”, comenta Vicente. Según él, el control administrativo de Éxito responde a una motivación populista del gobierno venezolano de cara al desorden monetario que afecta al país. “El Estado no puede tomar las grandes empresas de alimentos porque le es imposible controlar sus sistemas de producción sin generar una situación crítica de desabastecimiento en los barrios; esto afectaría su popularidad. Sí puede expropiar, en cambio, algunos sectores puntuales: por ejemplo, alguna producción agrícola y –como se ve hoy con los supermercados Éxito– algún sistema de distribución que le permita ampliar su red de ayuda social alimentaria”, explica este especialista.

Y es que Hugo Chávez se ha preocupado por diseñar una serie de programas sociales que, subvencionados con los ingresos obtenidos por la exportación de petróleo, lo consolidan como una suerte de héroe popular en las zonas más deprimidas de Venezuela. A sus ‘misiones’ de salud –médicos y odontólogos gratuitos– y educación –planes de alfabetización– se suman los Mercal (Mercados de Alimentos), centros comerciales populares en los que los productos son ofrecidos con descuentos de hasta el 90%. De este modo, Chávez buscaría amortiguar las protestas generadas por la inflación en el país y fortalecer su aparato de ayuda popular. Sabe que para tentar un nuevo periodo como mandatario debe mantener a –casi– todos contentos.

“Hay Chávez para rato”

El internacionalista y profesor de Ciencia Política cubano Luis Popa sostiene que, como consecuencia de su política populista, la revolución chavista hoy se profundiza. Cita tres factores: el control absoluto que Hugo Chávez tiene sobre las Fuerzas Armadas por estos meses –sumado a las milicias paramilitares formadas hace poco y entrenadas con armas adquiridas de Rusia–; el fortalecimiento de los ‘círculos bolivarianos’, que ensanchan las bases de apoyo del chavismo con gran velocidad; y el crecimiento del Partido Socialista Unido de Venezuela, constituido luego de que la sociedad venezolana rechazara el proyecto de nueva constitución el 2007 y que hoy se nutre con nuevos militantes de las comunidades campesinas y otros grupos históricamente marginados. “Vamos a tener Chávez para rato, hay todavía un gran bolsón de votantes que lo ratificarían en el cargo en los próximos comicios”, advierte Popa. El analista Luis Vicente confirma esta percepción: “Cada vez que el gobierno toma una empresa profundiza su modelo; su objetivo aún es el mismo: participar directamente en los sectores sensibles de la economía para acercarse a los consumidores”, afirma.

La presencia de Fidel

¿Quién le señala el camino a Chávez? “El que manda en Venezuela, desde su lecho de enfermo, se llama Fidel Castro Ruiz”, asegura enfático el profesor Luis Popa. Según él, no hay que olvidar que Hugo Chávez mantiene todavía una fluida comunicación ideológica con quien fue su mentor desde el inicio de la revolución. “El primer viaje que hizo un joven Chávez tras ser liberado de prisión en 1994 fue a La Habana. Hoy él es uno de los pocos hombres que tiene acceso a la casa de Fidel Castro; no deja uno o dos meses sin visitarlo, y sus conversaciones duran varias horas”, detalla. Así, el caudillo venezolano recibiría consejos del patriarca comunista sobre la forma de proceder exitosamente con las estatizaciones –sin repetir los errores cubanos–: la última expropiación de las tiendas Éxito, enmarcada dentro de un modelo estatizador gradual, sería un esquema sugerido por Castro.

No me apaguen la luz

La bomba de tiempo en Venezuela parece residir hoy en el problema del suministro de energía eléctrica que hay en todo el país: la falta de lluvias el año pasado obligó al gobierno a elaborar un esquema de racionamiento del uso de electricidad la semana pasada, y las protestas surgieron de inmediato sobre todo en el interior del país. “Chávez está ocupado en hallar la fórmula para compensar los costos políticos del racionamiento, que será inevitable”, comenta Vicente.

“Como Hugo Chávez no construye nada, cuando ve que una cosa está establecida, se la coge; así de fácil. Y luego la vuelve un desastre, como todo lo que estatiza”, opina una ama de casa sobresaltada en la televisión de Caracas. La figura del gran populista que, por exceso de poder, viola los derechos de los demás es seductora, pero simplifica la realidad: Chávez es, a fin de cuentas, un mandatario elegido democráticamente por el pueblo venezolano. ¿Acaso no está fallando también la oposición que, a la luz de las encuestas, no ha sido capaz de convencer a los sectores más pobres de que el modelo chavista los conduce al descalabro económico?

El cuco EEUU

Hugo Chávez ha sustentado su poder en la teoría política del ‘linkage’, que sostiene que todas las fuerzas de un país deben unirse frente a un enemigo exterior que los amenaza; así, se justifican medidas defensivas que, de otro modo, no tendrían asidero. “A él le convino el anterior gobierno estadounidense, por las idioteces y el modo de gobernar de los republicanos, sobre todo de Bush, quien fue un líder furibundo en política exterior. Ahora, después de una aparente luna de miel de unos meses con Barack Obama, ya lo vemos pararse en la cumbre de Copenhague y decir ‘caramba, esto huele a azufre’ en alusión al mandatario norteamericano”, explica el internacionalista Luis Popa. Chávez siguió en esta misma línea al criticar días atrás a Obama por la monopolización que su gobierno hizo de la distribución de la ayuda humanitaria en Haití.

Datos

60.3 por ciento es la aprobación presidencial de Hugo Chávez según un estudio realizado en diciembre último por el oficialista Instituto Venezolano de Análisis de Datos.

La frase

“El presidente Chávez, durante los cinco años de auge del precio del petróleo, derrochó en medidas populistas el billón de dólares que ingresó al país. Al quedarse sin efectivo, tuvo que devaluar el bolívar al 100 por ciento para sostener el presupuesto público. Venezuela es hoy el único país del mundo que corre el riesgo de enfrentar un proceso de hiperdevaluación”.

Manuel Malaver
Periodista y analista Político venezolano
Read more

miércoles 27 de enero de 2010

Haití

0 comentarios


EL DRAMA QUE ENLUTA A LA NACIÓN CARIBEÑA

El Comercio
Por: Carlos Fuentes Escritor
Domingo 24 de Enero del 2010

Miro una foto de una tristeza, dolor, crueldad y violencia inmensas: un hombre toma del pie el cadáver de un niño y lo arroja al aire. El cuerpo va a dar a la montaña de cadáveres, decenas de miles en una población de diez millones. Saldo terrible del terremoto en Haití.

Cuesta admitir que una catástrofe más se añada a la suma catastrófica de esta desdichada nación caribeña. El 80% de sus habitantes sobrevive con menos de dos dólares diarios. El país debe importar las cuatro quintas partes de lo que come. La mortalidad infantil es la más alta del continente. El promedio de vida es de 52 años. Más de la mitad de la población tiene menos de 25 años. La tierra ha sido erosionada. Solo un 1,7% de los bosques sobreviven. Tres cuartas partes de la población carecen de agua potable. El desempleo asciende al 70% de la fuerza de trabajo. El 80% de los haitianos viven en la pobreza absoluta.

Los huracanes son frecuentes. Pero si la naturaleza es impía, más lo es la política humana. Primer país latinoamericano en obtener la independencia, en 1804, se sucedieron en Haití gobernantes pintorescos que han alimentado el imaginario literario. Toussaint L’Ouverture, fundador de la república, depuesto por una expedición armada de Napoleón I. El emperador Jean-Jacques Dessalines extermina a la población blanca y discrimina a los mulatos pero es derrotado por estos. Alexandre-Pétion, junto con el dirigente negro Henry Christophe, convertido en brujo y pájaro por Alejo Carpentier en su gran novela “El reino de este mundo”, espléndido resumen novelesco del mundo animista de brujos y maldiciones haitianas.

El verdadero maleficio de Haití, sin embargo, no está en la imaginación literaria, ni en el folclor, sino en la política. Solo después de la ocupación estadounidense (1915-1934), Haití ha sufrido una sucesión de presidentes de escasa duración y una manifiesta ausencia de leyes e instituciones, vacío llenado, entre 1957 y 1986, por “Papá Doc” Duvalier y su hijo “Baby Doc”, cuyas fortunas personales ascendieron en proporción directa al descenso del ingreso de la población, el desempleo y la pobreza. Patrimonialismo salvaje que intentó corregir, en 1990, el presidente Jean-Baptiste Aristide, exiliado en 1991, de regreso en 1994, y desplazado al cabo por el actual presidente René Préval.

¿Qué puede hacer la comunidad internacional sin que los préstamos del Banco Mundial o del Banco Interamericano, desaparezcan en el vértigo de la corrupción? La presencia de una fuerza multinacional de la ONU, la Minustah o Misión Estabilizadora ha contribuido sin duda a disminuir el pandillismo, los secuestros y la violencia. La inflación disminuyó de 2008 acá de un 40% a un 10% y el PBI aumentó en un 4%. Prueba de que hay soluciones, por parciales que sean, a la problemática señalada. Pero hoy, el terremoto borra lo ganado.

La comunidad internacional está respondiendo, a pesar de que Puerto Príncipe ha perdido su capacidad portuaria, el aeropuerto tiene una sola pista y el hambre, la desesperación y el ánimo de motín aumentan.

Obama ha tenido cuidado en que el apoyo estadounidense sea visto como parte de la solidaridad global provocada por la tragedia haitiana, y ha hecho bien. Las intervenciones en Haití están presentes en la memoria. No hay que ser pro yanqui, entre paréntesis, para notar que la ocupación trajo orden, el fin de la violencia y un programa de obras públicas. Aunque no trajo la libertad, ni acabó con la brutalidad subyacente de la vida haitiana.

La presencia actual de muchas naciones y muchas fuerzas, militares y humanitarias, en suelo haitiano, propone una interrogante. Terminada la crisis, pagado su altísimo costo, ¿regresará Haití a su vida de violencia, corrupción y miseria? Acaso el momento sea oportuno para que la comunidad internacional se proponga, en serio, pensar en el futuro de Haití y en las medidas que encarrilen al país a un futuro mejor que su terrible pasado. Que dejado a sí mismo, Haití revertirá a la fatalidad que lo ha acompañado siempre, es probable. Que la comunidad internacional debe encontrar manera de asegurar, a un tiempo, que Haití no pierda su integridad pero cuente con apoyo, presencia y garantías internacionales que asistan a la creación de instituciones, al imperio de la ley, a la erradicación de la pobreza, el crimen, la tradición patrimonialista y la tentación autoritaria, es un imperativo de la globalidad.

Haití no debe ser noticia hoy y olvido pasado mañana. Haití no cuenta con un estado nacional ni un sector público organizados. Estados Unidos no puede suplir esas ausencias. La inteligencia de Barack Obama consiste en asociar a Norteamérica con el esfuerzo de muchos otros países. Porque Haití pone a prueba la globalidad devolviéndole el nombre propio: internacionalización, es decir, globalidad con leyes.

Carlos Fuentes es autor de “La muerte de Artemio Cruz” y “La frontera de cristal”. Glosado del original. Exclusivo para el diario El Comercio en el Perú.
Read more

¿Legalizar drogas?

0 comentarios

El Comercio
Por: Teobaldo Llosa *
Domingo 24 de Enero del 2010

Recientes declaraciones del escritor Mario Vargas Llosa —aparecidas en El Comercio el pasado 10 de enero— han reavivado el antiguo debate internacional sobre la despenalización de las drogas. Algunos están muy preocupados por el avance del narcotráfico, el lavado de dinero y las consecuencias del incremento del uso de sustancias que pueden llevar a enfermedades con secuelas sociales. El tema se polariza: ¿despenalizar o no? ¿Qué significa producir, vender o comprar drogas libremente? El tema de la salud pasa a un segundo plano y el debate se centra en lo económico y el delito de narcotráfico.

La gran polémica

Aceptar la propuesta de Vargas Llosa pasaría por suponer que el uso equilibrado y no compulsivo de drogas no acarrea problemas personales ni aumenta significativamente el número de usuarios. Tal postura contradice opiniones de sociedades científicas internacionales que consideran un riesgo el uso de esas sustancias. El organismo humano no cuenta con un indicador de adicción: el que se inicia en las drogas no puede predecir si se volverá adicto.

La ambivalencia

Quienes coinciden con el escritor (solo el 25%, de acuerdo a encuesta de Apoyo-El Comercio, del 13-15/1/10) son ambivalentes: proponen legalizar drogas como la marihuana, heroína y cocaína pero no se preocupan por eliminar las restricciones para fumar cigarrillos ni las severas penas para quienes manejan bajo los efectos del alcohol.

No toman ni fuman

Se debería preguntar a los promotores de la despenalización por qué la mayoría no fuma ni bebe alcohol si —como dicen— son defensores de la libertad de consumo de drogas. También habría que preguntarles por qué no combaten las leyes antitabaco y antialcohol vigentes, tan reguladoras y restrictivas. Posiblemente argumentarán que no fuman porque el tabaco produce cáncer y que no beben alcohol para no sufrir accidentes que puedan causar su propia muerte o la de terceros.

¿Sitios para drogarse?

¿Indicarán entonces dónde se podría aspirar, fumar o inyectarse cocaína, marihuana y heroína, libremente y sin restricciones, como ocurre con el tabaco y el alcohol? ¿Qué creen? ¿No saben acaso que la marihuana produce trastornos de aprendizaje y deserción escolar y la cocaína violencia, delincuencia, crímenes y muerte súbita? ¿Tienen idea de las consecuencias del uso de heroína y su gravísimo síndrome de abstinencia? ¿El uso de estas drogas —según los despenalizadores— es menos dañino que fumar siendo enfisematoso o embriagarse más allá de lo permitido en sangre?

¿Claudicar?

Mario Vargas Llosa y sus agonistas argumentan que el consumo de drogas ilegales va en aumento a pesar de las campañas y sanciones. Es cierto, pero no toman en cuenta que a raíz de regulaciones y campañas, el número de fumadores y de conductores embriagados ha disminuido notoriamente. La gente respeta cada día más las reglas, sea por educación, conciencia o por miedo a las sanciones.

La regulación funciona

Las personas, especialmente los jóvenes, están tomando conciencia de que no deben fumar en lugares públicos ni manejar alcoholizados. Hoy no fuman en restaurantes y suelen ir a las fiestas en taxi. ¿Alguien puede criticar el éxito de esas regulaciones?

Esto no ocurre con la marihuana ni cocaína porque las leyes no son tan específicas como las aplicadas al tabaco y al alcohol. Inclusive autorizan portar y usar la absurda llamada “dosis personal”. ¿Qué significa para el señor Vargas Llosa que el 58% del Perú esté en desacuerdo con él? La despenalización y la penalización deben ser todo o nada. Lo intermedio es ambivalencia. ¿Tú qué opinas?

La hoja de coca

Surgen algunas preguntas para quienes quieren legalizar las drogas. ¿Exigirán la despenalización internacional de la hoja de coca? Después de todo, millones de andinos la consumen diariamente (chacchan) y son saludables y trabajadores. Eso, sin embargo, no se oye. ¿Incluirán en sus proyectos las campañas de liberación internacional del consumo del mate y la harina de coca, tal como es libre el uso de la yerba mate en Sudamérica oriental?

[*] Psiquiatra
Read more

martes 26 de enero de 2010

Se Quebró el Bolívar fuerte

0 comentarios


INCERTIDUMBRE TOTAL EN VENEZUELA


Gobierno de Hugo Chávez devaluó su moneda en 64% y desató el caos. Los venezolanos invadieron las tiendas para comprar ante el alza de precios

Por: Aurora Rey Especial para El Comercio
Martes 12 de Enero del 2010
El Comercio

CARACAS. De la noche del viernes a la mañana del sábado, los venezolanos amanecieron un 40% más pobres. El gobierno del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, devaluó la moneda en un promedio de 64%, según los especialistas. De esta manera, en la antesala de los comicios parlamentarios de finales de setiembre próximo, el costo político de la medida cambiaria en la popularidad del mandatario podría ser alto.

Chávez anunció las nuevas medidas económicas de forma discreta en la televisora oficial, y no a través de uno de sus tradicionales mensajes en cadena nacional de tres horas de duración. El gobernante venezolano informó sobre la devaluación del “bolívar fuerte” durante el desarrollo de un juego de béisbol, deporte predilecto en la nación petrolera como lo es el fútbol para los peruanos.

REACCIONES ESPERADAS

Lo que en otro país podría significar la caída inmediata de las ventas, miles de caraqueños desataron su espíritu consumista durante el fin de semana. Los citadinos hicieron filas de unas tres horas de duración en las tiendas de electrodomésticos para comprar televisores de alta definición, equipos de sonido y línea blanca, ante el temor de que la inflación se dispare aun más y merme sus ahorros.

Los venezolanos prefieren gastar ahora porque un teléfono inteligente como el Blackberry modelo Bold 9700, cuyo precio en Lima es de alrededorde 270 dólares, tiene un costo al cambio vigente en el mercado de Venezuela de unos 1.160 dólares. Según los pronósticos inflacionarios de los especialistas, este equipo telefónico podría llegar a costar en un par de meses 1.700 dólares. Ante este contexto, los venezolanos prefieren derrochar ante la reducción casi a la mitad de su ingresos.

Es válido acotar también que los venezolanos tienen un afán consumista peculiar. Estudios de mercado definen sus aspiraciones personales a la posesión de objetos materiales que aparenten un estatus económico alto, aunque se esté muy lejos de tenerlo. En el caso de los Blackberry, Venezuela es el primer mercado de la compañía telefónica. Sin distinción de sexo, desde los niños de ocho años de edad, “office boys”, cajeras, estudiantes, profesores y hasta integrantes del gobierno, que defienden el socialismo a capa y espada, tienen uno o hasta dos equipos de este teléfono.

Regresando al frenesí consumista, los medios de comunicación regionales reportaron compras compulsivas en las zonas libres de impuestos como la isla Margarita, el estado insular Nueva Esparta ubicado al noreste de Venezuela, y en Punto Fijo, en el estado Falcón, al noroeste.

La inflación en la nación petrolera, que importa más de la mitad de lo que consume, registró para el 2009 un 25,1%, el valor más alto en Latinoamérica. De acuerdo con estos resultados económicos, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ubica al país con las mayores reservas de crudo pesado en la región y el cuarto más costoso en el mundo.

Al respecto, el ex presidente del Banco Central de Venezuela (BCV), Domingo Maza Zavala, estimó que el valor inflacionario venezolano para el año 2010 podría alcanzar entre el 50% y 60% como consecuencia de la depreciación monetaria decretada el viernes pasado. El ministro de Economía y Finanzas, Alí Rodríguez Araque, admitió que el nuevo valor cambiario venezolano impactará de forma directa en el índice del precio al consumidor en los próximos meses. La principal organización de empresarios de Venezuela, Fedecámaras, calificó la disposición monetaria como favorable porque sincera la realidad económica nacional, pero advirtió que su aplicación durante una época de depresión económica es contraproducente porque propicia el aumento inflacionario. Venezuela cerró el 2010 con un 4,5% de contracción económica, luego de cinco años de expansión.

Las próximas mediciones de la opinión pública revelarán los efectos de la devaluación. Las cifras de las encuestas difieren. Por un lado, el Gobierno dice 60% y la oposición, 50%.

Empresas afectadas

Las empresas extranjeras que operan en Venezuela repatriarán sus dividendos a sus casas matrices. En un 50% se reducirán sus ganancias producto de la devaluación.

Opinan los críticos

Opositores chavistas dicen que con la devaluación el Estado recibirá más bolívares por los petrodólares que ingresan, cubrirá la deuda pública y afrontará la crisis eléctrica.

Funcionarios acompañados por militares cierran comercios



CARACAS [AGENCIAS/EL COMERCIO]. Funcionarios de gobierno venezolano acompañados por militares cerraron ayer, de forma temporal, 70 comercios en todo el país, que incluye la cadena de hipermercados Almacenes Éxito, a los que se acusa de remarcar los precios de sus productos luego de que el Gobierno devaluara la moneda en 64% frente al dólar.

El cierre afectó los Almacenes Éxito de las sedes de Caracas y Maracaibo, así como comercios de electrodomésticos, alimentos y repuestos de vehículos que funcionan en el interior del país, informó la estatal Agencia Bolivariana de Noticias .

La medida se ejecutó apenas un día después de que el presidente Hugo Chávez instara a las autoridades y militares a iniciar inspecciones en los comercios y amenazó con intervenir las tiendas que especulen con los precios.

Mientras el gobierno procedía a intensificar las inspecciones, decenas de consumidores se agolpaban por tercer día consecutivo en algunas tiendas capitalinas para hacer compras de electrodomésticos.

Según se informó, unos 200 fiscales acompañados por militares inspeccionarán los centros comerciales.

Los costos serán altísimos



Es lamentable lo que sucede en Venezuela. América Latina es un bloque que ha aprendido mucho de los costos que se derivan de una política del control de precios.

El mercado cambiario es uno de los más sensibles. El Perú, entre 1985 y 1990, practicó este tipo de políticas. Tuvimos hasta 14 tipos de cambio, con el objetivo de que los precios de ciertos productos no subieran.

Pero lo que generó fue una gran ola de mercado negro, corrupción, etc. Se generó mucho más ineficiencia. Lo mismo está pasando en Venezuela, lo único que se va a generar con esta medida es un mercado negro inmenso y la corrupción se acentuará.

Felizmente nuestro país ya superó esa etapa. La única intervención que se hace en el mercado cambiario es para evitar la volatilidad en el precio del dólar.

La inflación en Venezuela, que es una de las más altas de la región (llegó al 25% en el 2009), seguirá subiendo. Está en el camino incorrecto. Cuando una economía se deforma, los costos son altísimos. Después de esto se viene un desajuste total de mercado cambiario, bancario, etc. y la única salida es lo que el Perú enfrentó en 1990. Los costos van a ser altísimos para los venezolanos.

La decisión del presidente Hugo Chávez ha sido nefasta y poco relevante para gran parte de la región, que ya superó ese tipo de políticas. Pero queda la incertidumbre sobre lo que pasará en países como Bolivia, Ecuador o Argentina, que podrían imitar el modelo venezolano.

JUAN JOSÉ MARTHANS. Ex director del Banco Central de Reserva del Perú
Read more

No todo vale

0 comentarios
Por María Teresa Ronderos

Revista Semana de Colombia


                                Antanas Mockus

Antanas Mockus está convencido de que es el momento de cambiar de gobierno para no seguir por el camino de justificar cualquier acción para obtener resultados rápidos y dice que si no lo hacemos ahora, en unos años vamos a lamentarlo.

Lunes 10 Abril 2006
 
Antanas Mockus es un pequeño David más en esta pelea contra el Goliat Uribe. Pero a pesar de su 3 por ciento en las encuestas; de la dura derrota de su lista al Congreso en marzo pasado; y de las limitaciones económicas que tiene como académico e investigador social, insiste en su campaña a la Presidencia.

Uno no podría decir que Mockus es evasivo. Ahí está en la biblioteca de su casa de toda la vida en el céntrico barrio bogotano de Quinta Paredes, donde hoy funcionan su sede y su familia; informal como siempre, vestido de suéter, sentado en un gran sofá de cuero o paseándose inquieto, intentando buscar las respuestas, aún en puntos álgidos, como el por qué de sus dificultades para armar un proyecto colectivo. Pero da la sensación que le costara esfuerzo bajar a lo mundano, ser candidato a la Presidencia de Colombia, o incluso presentarse como un gobernante experimentado que manejó con éxito por cinco años el gobierno de Bogotá, una ciudad de siete millones de habitantes. No traza promesas concretas y apenas esboza cómo cambiaría tal o cual política. En el diálogo, no obstante, a medida que intento bajarlo a tierra, emerge con coherencia su visión de la sociedad que deberíamos construir los colombianos que es radicalmente diferente a la que hemos venido armando en los últimos años.

Mockus cree que Colombia necesita un gobierno zanahorio. Lo que en palabras no mockusianas quiere decir que la suya sería una Presidencia que no cedería al chantaje –venga del clientelismo o de los grupos violentos –, privilegiaría al ciudadano que cumple la ley y nunca justificaría cualquier medio para alcanzar un fin, por más anhelado que sea. Su firmeza tiene, sin embargo, un peculiar lado blando. No habla con la sobradez característica de la testosterona, sino al contrario. Siempre reconoce el valor que puedan tener los motivos del otro, así rechace tajantemente el hecho de que use medios violentos. Por eso las soluciones que propone no son las tradicionales de eliminar al enemigo, sino de incluirlo en la búsqueda de salidas. Es esta filosofía la que está detrás de ese discurso tan raro que le pide al narcotraficante que valore su vida, que reivindica los “fines nobles” que tuvieron los paramilitares en su causa contraguerrillera y reconoce la validez de los “ánimos justicieros” de la guerrilla.

En esta campaña, más que en otras anteriores, al ex alcalde bogotano se ha equivocado en cómo hace llegar su mensaje. Por ejemplo ha salido con destemplados regaños a las abrumadas familias colombianas para que sean más productivas, o para que ayuden al control moral y social de sus parientes violentos. Por esto tomé esta entrevista como un reto: bajar a tierra sus ideas frente a los temas gordos, los que están definiendo a la Colombia de la próxima generación. Creo que más allá de sus posibilidades reales de llegar a la Casa de Nariño este año, el pensamiento diverso de los candidatos presidenciales contribuye a enriquecer el debate de para dónde va el país y a iluminar un momento en la vida colombiana, que es más oscuro de lo que parece. Esta fue en síntesis nuestra conversación.

María Teresa Ronderos: ¿Siente usted que tiene la credibilidad suficiente para que los colombianos le suelten la Presidencia?

Antanas Mockus: Creo que la gente sabe que usaré la fuerza legítimamente cuando se necesite porque eso hice en Bogotá. Pero ante la gravedad del conflicto, una parte considerable de los colombianos parecen estar dispuestos a tolerar cualquier medio con tal de conseguir tranquilidad. Ante la tragedia de la guerra, piensan que todo vale. Por eso, pueden temer que al darle el poder a alguien como yo, que prefiere sacrificar metas, antes que usar métodos ilegítimos, no seré tan eficaz para obtener resultados. Creo que probamos lo contrario en Bogotá, que con los medios legítimos se pueden obtener resultados más duraderos. La segunda razón es que, aunque la gente pide anticorrupción, teme que alguien la lleve hasta las últimas consecuencias y no trance con el clientelismo.

MTR: ¿Temen que se lo coma vivo la clase política?

A.M.: No saben si podré manejarlos.

MTR: Pero sin prebendas, el Congreso lo bloqueará. Hasta ahora ningún gobierno ha logrado gobernar sin transar.

A.M.: Tendría costos, sin duda. En la Alcaldía no pude vender la ETB en mi primer gobierno y no logré hacer la reestructuración administrativa en el segundo. Con estos bloqueos el Concejo hizo sentir que no le gustaba mi tratamiento. Pero no suicidó a la ciudad. La valorización, por ejemplo, me la aprobaron en los dos gobiernos.

MTR: ¿Por qué se la aprobaron? ¿Les dio cargo de conciencia?

A.M.: Creo que la clase política tiene un chip de la honestidad, y el otro viejo del chantaje, y según como le juegue el gobierno, usa uno u otro. Si yo como Presidente le apuesto a que el Congreso puede hacer democracia deliberativa, y ven que no cedo en lo del clientelismo, terminarán apelando a su chip de demócratas.

La seguridad

MTR: Usted mencionó el otro tema clave de esta elección, cómo se logra ponerle fin a la violencia. Esta hoy se nutre de tres problemas: el narcotráfico, las guerrillas y el paramilitarismo…

A.M.: No se le olvide que también se alimenta del delito común. Narcotráfico, paramilitarismo y guerrilla debilitan la justicia y le hacen un favor enorme al delito común y al delito por intolerancia. Jueces y fiscales ablandados o asustados que no actúan contra estos delitos.

MTR: Parece que los colombianos ya hemos ensayado todo contra este lucrativo negocio del narcotráfico y nada funciona.. ¿usted que haría como Presidente?

A.M: Colombia hasta ahora no ha hecho el ejercicio sincero de pensar cómo quiere combatir el narcotráfico. Es decir, qué haríamos si fuéramos totalmente autónomos en el tema, sin la presión de Estados Unidos. Creo que si hacemos ese debate, y de él resulta una política que los colombianos sentimos como propia, adoptaríamos esa lucha con mayor ahínco. Hoy esa pelea se siente como una imposición de los gringos; la política actual es más o menos: el que se deje coger de la DEA se lo lleva el diablo. Pero me pregunto ¿qué tanta voluntad de combatirlo hay en las regiones, en los niveles más bajos de la autoridad, donde el riesgo es tan alto?

MTR: ¿En su gobierno qué haría en concreto?

A.M.: Ninguna sociedad puede prohibir conductas no deseadas solamente con restricción legal. No legalicemos la droga, pero cambiemos los énfasis, usemos los argumentos morales y culturales para combatir el narcotráfico. ¿Si todos los argumentos que se usan contra el consumo son morales, por qué no los usamos contra el resto de la cadena del negocio? Podemos lanzar el mensaje de que quien se meta a narcotraficante está vendiendo su vida a plazos, como en un club de esos que uno aporta cada mes y un día se gana el carro o la casa; cada día en ese negocio el narco le apuesta a ganarse el balazo. Todos tienen expectativas de vida cortísimas. Podemos además hacer pensar a la sociedad sobre los problemas de la adicción al dinero fácil; o ponerla a reflexionar sobre el estigma internacional que creamos por años para Colombia y los colombianos como sinónimo de narco y violencia.

MTR: Está la guerra contra las Farc, que le ha conseguido tanto respaldo a su contendor Uribe. Pero la política de seguridad democrática no se ve avanzar a pesar de la millonaria inversión en el Plan Patriota. ¿Si llega el 7 de agosto cómo piensa desempantanar esa política y construir sobre los logros ya alcanzados?

A.M.: Uribe con su gran activismo y presión sobre la Fuerza Pública logró correr un poco esa línea tácita que marca hasta dónde controla la guerrilla y hasta dónde controla el Estado, y sobre la cual también hay una especie de acuerdo implícito de “hagámonos pasito”. Entonces lo primero que hay que hacer en el próximo gobierno es sincerarse con la Fuerza Pública, para saber exactamente hasta dónde tiene control; establecer unos mecanismos de evaluación realistas, sin temor a afectar una “buena imagen” de seguridad. Uribe parece estar muy preocupado por castigar duramente a las Farc cuando éstas dañan la buena imagen de seguridad que construyó.

MTR: Usted ha dicho que no es sólo saber si vamos ganando, sino cómo estamos ganando..

A.M.: Sí. Uribe es representa la copia de guerrillas y paramilitares porque al igual que ellos, limita la resolución del conflicto a lo militar; y como ellos, está preso del todo vale. La tentación de hacer alianzas perversas o usar métodos ilegítimos para ganar es muy grande. Y la gente cree que al no usarlos se pierde ventaja. Creo lo contrario, el juego limpio tiene un enorme efecto moral sobre el enemigo. Hoy la lucha en Colombia no es entre bandos, sino contra el todo vale, contra justificar violar la ley en aras de conseguir un fin supuestamente superior

MTR: Y eso se traduce en qué políticas..

A.M.: En hacer cumplir de verdad la Constitución y el Derecho Internacional Humanitario. Es decir, castigar las alianzas perversas que puedan hacer miembros de la Fuerza Pública, y en cambio, premiar los resultados que consigan con la ley. Es no aceptar un poquito de clientelismo con burocracias locales que pueden estar aliadas con los violentos; un poquito de complicidad con los paras; un poquito de doblar los normas. Al contrario, allí donde la corrupción le sirve de abrigo a la violencia, se vuelve más importante no negociar, no ceder a estas tentaciones para ganar de manera sostenible.

MTR: ¿Y negocia con las Farc?

A.M.: El país está capturado en ese dilema de negociación o salida militar. La tercera opción, que ha estado presente todo el tiempo, no ha sido asumida por ningún gobierno: la de la presión social, la resistencia civil contra los violentos, como lo han hecho los indígenas. Podemos conversar con las guerrillas sin negociar nada con ellas. Podemos rechazar sus métodos violentos, y buscarle salidas no destructivas a sus ánimos justicieros. Con argumentos morales, con justicia y con fuerza política hacerles ver que no estamos dispuestos a considerar sus propuestas hasta que no cambien sus métodos del “todo vale”, de la violencia.

MTR: ¿No negociar aún en el trágico caso de los secuestrados “políticos”?

A.M.: Si estoy dispuesto a no negociar la extorsión clientelista bajo ninguna circunstancia, lo lógico sería decir lo mismo frente a la extorsión armada, pero hay vidas directamente involucradas. No creo en hacer negociaciones privadas para ceder al chantaje que después va a agudizar el problema. Pero quizás si se puede conversar, considerar los argumentos buenos del otro, tratarlo de comprender, para que ellos mismos se desmonten de sus métodos violentos.

MTR: Si usted llega a la Casa de Nariño el 7 de agosto, encuentra una negociación a medio cocinar con los paramilitares: una reinserción llena de problemas; una polémica ley de justicia y paz recién estrenada; unos paras que siguen traficando y con considerable poder político. ¿Cómo piensa resolver el problema?

A.M.: Una razón poderosa para cambiar de gobierno ahora, es que Uribe está preso de los acuerdos formales, informales, sobrentendidos con este grupo ilegal, y por tanto, es un sujeto más vulnerable al chantaje. Un nuevo gobierno en cambio sería más libre para continuar el proceso. Creo que es necesario reconstruir el pasado rescatando los fines nobles de estos grupos, pero manteniendo un NO firme frente a los métodos infames que utilizaron para alcanzarlos. Para ello tenemos el Tratado de Roma. ¿No quieren terminar juzgados en la Corte Penal Internacional? Entonces no hagan un uso cínico de la ley de Justicia y Paz, no opten por una salida descarada que no es aceptable para las víctimas ni para la sociedad en conjunto.

M.T.R.: El gobierno Uribe les ha puesto una presión similar con la extradición a Estados Unidos, pero cuando, por ejemplo, Don Berna incumplió lo acordado, el gobierno intentó enviarlo a una cárcel de seguridad y éste amagó con paralizar el transporte de Medellín y el gobierno tuvo que echarse atrás …¿Usted está dispuesto a resistir esa presión?

A.M.: Es que hay que estar dispuesto a decirles que la advertencia va en serio. Con respaldo social de los medios, la Iglesia, se pueden trancar en la mayor parte del país, aunque reconozco que las herramientas en algunas partes pueden ser limitadas. Ahora bien, mi experiencia en Bogotá demostró que cuando uno confía en el otro, el otro puede resultar ser mejor de lo que él mismo creía que era.

Crecimiento y desigualdad

M.T.R.: El otro gran tema que está definiendo esta elección es el crecimiento económico, hay optimismo por ello. Pero éste es muy desigual, entre ricos y pobres, ciudad y campo, el centro y las costas, etc. ¿Cómo propone crecer con mayor igualdad?

A.M.: Una estrategia es distribuir las inversiones públicas según donde estas produzcan el mayor retorno social; así lo hicimos en Bogotá. La otra es vía redistribución tributaria. Hacer valer los derechos que están en la Constitución cuesta y la sociedad debe asumir ese costo y financiarlo vía tributaria.

M.T.R.: En una columna reciente, Carlos Caballero, dice que el gran reto es ampliar la base tributaria y bajar la carga impositiva, pues en Colombia todo el recaudo lo pone una minoría. Usted hizo la revolución impositiva en Bogotá, ¿cómo la piensa a hacer con el país?

A.M.: Hay que racionalizar la norma tributaria, acabar con las exenciones indefinidas y de impacto social limitado. Si hay incentivos, que sean transitorios y tengan objetivos socialmente benéficos.

M.T.R.: No es tan fácil. Detrás de cada subsidio o exención hay un gran interés. ¿Cómo enfrenta intereses tan poderosos?

A.M.: Creo que hay dos maneras. La primera, fijar un monto máximo para subsidios y poner a competir a quienes los quieran. Si alguien quiere un nuevo subsidio no se lo puedo dar si no se lo quito a otro, y esa decisión depende del impacto social. Segundo, hay que darle transparencia, publicidad al tema. Parte de lo que me disgusta de Uribe es que tiene un manejo corporativo de este asunto; a cada gremio le da a puerta cerrada, según el cliente.

Las críticas

M.T.R.: Usted tiene una dificultad para formar y mantener equipos unidos, sin pleitos, lo que creo lo ha dejado bastante sólo en estas últimas campañas. ¿Cómo logrará romper costumbres políticas tan arraigadas como el clientelismo o las concesiones a los chantajes de los violentos, sin un equipo muy consolidado?

A.M.: La mayoría de las personas con quienes empecé en política siguen conmigo, y al contrario, el equipo ha crecido. Me he propuesto armar un proyecto colectivo: tenemos Visionarios en 12 regiones y mi programa de gobierno se hizo por consenso entre 60 personas.

M.T.R.: Entonces, ¿con quién gobernará?

A.M.: Estoy conciente de que la calidad del gobierno depende de la calidad de sus integrantes. Por eso busco la meritocracia hasta la saciedad.

MT.R.: ¿Qué tiene en común con la Asociación Social Indígena que le dio el aval?

A.M.: Quise ser su candidato desde que salí de la Alcaldía porque quería tener presente la exclusión, aliarme con los más vulnerables. Yo no tengo como ellos una vocación contestataria. A ellos no les gusta el TLC y a mí sí. Comparto con ellos una gran irritación por la desigualdad, pero yo soy realista. Sometido al riesgo de ganar las elecciones, no puedo proponer cosas irrealizables porque si salgo elegido, tengo que responder.

M.T.R.: La otra crítica que le hace la gente es que su simbolismo ha perdido contenido, y no da la impresión de ser un candidato serio que pueda ser Presidente.

A.M.: En la campaña al Senado no siempre pudimos explicar los símbolos, y me equivoqué al creer que eran obvios. Pero quise hacer un apuesta juguetona. Vivimos un momento muy peligroso y dramático y yo le quiero ganar la guerra a los métodos mafiosos (el todo vale), pero no quiero morir en el intento. Valoro mi vida, como le pido a los narcos y a los violentos que valoren la de ellos.

M.T.R.: ¿En síntesis, por qué les dice a los colombianos que voten por usted?

A.M.: La gente vive hoy una ilusión de bienestar por esta mezcla de crecimiento económico y reducción de la violencia. Pero detrás hay una ambigüedad terrible de las reglas de juego, lo que hace la seguridad de corto vuelo, y augura más violencia para el futuro. Por eso es necesario cambiar ya de gobierno. Hoy es cuando debemos gritar más duro para no seguir por el camino de justificar cualquier acción para obtener resultados rápidos. Si no lo hacemos, en unos años vamos a lamentarlo.
Read more

lunes 25 de enero de 2010

El Caudillo, el populismo y la democracia

0 comentarios
Extraído de Neoliberalismo


Por Alvaro Vargas Llosa


Hace diez años, escribí un libro titulado “Manual del perfecto idiota latinoamericano” con el escritor colombiano Plinio A. Mendoza y el escritor cubano Carlos A. Montaner. A menudo nos han preguntado cómo logramos ponernos de acuerdo en cada frase. Lo cierto es que no lo hicimos. Tuvimos importantes desavenencias. Como colombiano, Plinio era un gran admirador de Simón Bolívar, el héroe venezolano que liberó a su nación de España a comienzos del siglo diecinueve. Como persona oriunda del Perú, yo sentía recelos ante el hombre que había asumido el título de dictador del país donde nací. En un momento dado, la discusión sobre Bolívar se tornó tan severa que parecía que tendríamos que desistir del capítulo sobre el nacionalismo, en el cual Bolívar--un hombre menudo que bebía poco, bailaba como un dios, jamás fumó, tenía predilección por la hamaca, era un erotómano incurable y apenas empleaba el benigno "carajo" como palabrota--era una figura central. Pero sin ese capítulo, no había libro. Al final, ambos hicimos concesiones para salvarlo.

Este es el tipo de pasiones que Bolívar, el libertador de cinco países sudamericanos (seis si se toma en cuenta a Panamá, que formaba parte de Colombia) sigue despertando. Ni siquiera dos sudamericanos de ideas afines son capaces de coincidir respecto de si fue un gran padre fundador que se adelantó a su época o una de las razones por las cuales América del Sur, dos siglos después de la independencia, vive todavía una infancia política y económica. Mi propia opinión de él se ha vuelto ligeramente más benigna, aunque insisto en que el Libertador fue, además de una fuerza de la naturaleza en términos militares, un déspota peligroso que no comprendía que la mejor manera de evitar aquello que temía--el faccionalismo y la sublevación étnica y clasista contra la elite criolla--era el Estado de Derecho y no un caudillismo ilustrado y autoritario.

La nueva biografía de Bolívar de John Lynch es comprensiva con su personaje--más comprensiva, creo yo, de lo que se justifica por la evidencia que ella misma presenta; pero está impecablemente investigada, es excepcionalmente honesta y genuinamente equilibrada, y está muy bien escrita. La conclusión general a la que nos lleva Lynch es que los fracasos de Bolivar se debieron a factores ajenos a su control, que la gesta del líder de la independencia fue víctima de los tiempos que le tocaron vivir. No estoy tan seguro de esto. Aún cuando superaba a sus pares en muchos aspectos y fue el indiscutible arquitecto del fin de la era colonial, Bolívar personifica el pecado original de las repúblicas latinoamericanas: elitismo, autoritarismo y una pasión sin parangón por lo que denominamos ingeniería social. Bolívar, quien comenzó a luchar por la independencia en 1810 y murió en 1830 solitario, repudiado por las naciones a las que había liberado y desgobernado, fue un mejor imitador de Napoleón que de las instituciones británicas a las que tanto admiraba, un líder en quien el instinto militar ansioso de gloria y orden y el instinto civil favorable a las instituciones de largo plazo convivían en desigual proporción, de modo que el primero doblegó al segundo.

Bolívar fue ciertamente mucho “mejor” caudillo que los demás: más estratégico, visionario, instruido. Pero ocupa un sitial en los anales del caudillismo de América Latina, y el caudillismo es todavía el corazón del problema latinoamericano. Bolívar habría merecido más consideración si hubiese fracasado intentando establecer repúblicas liberales, promoviendo la movilidad social y propiciando la integración desde abajo, en lugar de concentrar el poder en nombre del orden social y dedicar su tiempo a grandiosos -y verticales- proyectos de integración supranacional entre precarios estados sudamericanos forjados sobre sociedades altamente estratificadas.

No hay duda de que Bolívar fue un genio militar, pese a su escasa preparación. Viajó unos 120.000 kilómetros (más que Colón o Vasco da Gama) a través de picos y valles, aprendiendo de sus derrotas, siempre contraatacando, reclutando soldados y reuniendo recursos como fuera posible, explotando las debilidades de sus enemigos y empleando la velocidad para doblegar a fuerzas superiores. Tras dos tentativas fallidas --en 1810 y 1813-- de establecer una república venezolana independiente, regresó de su exilio en Haití en diciembre de 1816 para intentarlo de nuevo. Hacia finales de 1819, Bolívar había liberado a Venezuela y Colombia (por entonces llamada Nueva Granada) y creado una república que comprendía a esos dos países más Ecuador, que todavía se encontraba en manos españolas. En 1822, liberó a Ecuador, eclipsando a José de San Martín, que había liberado a Argentina y Chile, declarado independiente a Perú y puesto los ojos en Guayaquil. En 1824, Bolívar siguió adelante para completar la liberación de Perú antes de sellar la independencia de Bolivia el siguiente año.

La audacia estratégica de Bolívar, combinada con un talento para escoger buenos generales --como Francisco de Paula Santander y especialmente Antonio José de Sucre-- hicieron de él un dirigente irresistible. Como líder militar, tenía fuego en el estómago: él mismo habló del “demonio de la guerra” que lo consumía y de su determinación por ganar de cualquier forma. Pero, por desgracia, el genio militar fue un utópico político y, por ende, un fracaso. Sus grandes designios terminaron en lágrimas. Hacia 1830, Colombia, Perú y Ecuador se habían separado; su intento por crear una confederación andina terminó en una guerra entre varias naciones; y el congreso de Panamá que concibió como el primer paso hacia una federación que abarcase a todo el hemisferio y coordinase la política exterior y resolviese disputas regionales colapsó casi tan pronto como fue inaugurado en 1826.

Pero el “fracaso” de Bolívar no es el problema. Los defensores de Bolívar celebran, más bien, el hecho de que fracasara tratando de unir a América del Sur porque esa derrota hace de él un mártir y convierte a sus enemigos en una versión precoz de la conspiración reaccionaria del siglo veinte contra la revolución progresista. El verdadero problema de Bolívar reside en algunas de sus grandes metas y en su comportamiento político.

Lynch admite que el sueño bolivariano de unir a los distintos países era "ilusorio", pues subestimaba el poder del faccionalismo; pero justifica el esfuerzo de Bolívar por ser un líder supranacional basándose en las necesidades políticas de la hora. "Entendió que la liberación de Venezuela y Nueva Granada no podría ser alcanzada por separado, teniendo en cuenta la capacidad de España para explotar la línea divisoria ...," escribe Lynch. "Un frente unificado tenía entonces que ser protegido contra la contrarrevolución española desde el sur y por lo tanto Ecuador tenía que ser conquistado e incorporado a la unión". Es una interpretación benevolente. Bolívar era un hombre en busca de gloria (dijo que odiaba gobernar tanto como amaba la gloria) con pasión por los asuntos militares que aborrecía la administración y que por tanto desatendió los asuntos de Estado, dejándoselos a sus vicepresidentes para poder continuar con sus aventuras militares. Después de convertirse en presidente de la república de Colombia (conformada por Venezuela, Nueva Granada y buena parte de Ecuador), dejó a cargo a su vicepresidente y no regresó durante cinco años. En ese tiempo, exasperó al gobierno colombiano con constantes solicitudes de dinero del que éste ya no disponía para financiar sus campañas. En medio de esas campañas, se las arregló para enviar cartas dando su opinión sobre toda clase de cuestiones políticas y administrativas de las que se encontraba muy lejos.


En su "Manifiesto de Cartagena", en 1812, Bolívar había hablado de "repúblicas etéreas " en las que las instituciones son edificadas, tal como nos lo recuerda Lynch, sobre "principios abstractos y racionalistas muy alejados de la realidad concreta y de las necesidades de tiempo y lugar". Murió en diciembre de 1830, quebrado y desterrado de su país de origen, refugiado, irónicamente, en la casa de un adinerado español en el norte de Colombia, después de que una serie de rivales políticos explotaran su intento fallido de hacer que la nueva constitución reflejase sus propios intereses políticos y de su efímera asunción de poderes dictatoriales. Para entonces, el legado institucional de Bolívar era precisamente eso: etéreo, alejado de la realidad, una hoja de parra que encubría la autoridad del dictador. "Bolívar no era por naturaleza un dictador", sostiene Lynch, "y no buscaba el poder absoluto como estado permanente". Esto también suena excesivamente benévolo respecto de un hombre que asumió poderes dictatoriales en Caracas en 1813, en Angostura en 1817, en Lima en 1824 y, finalmente, en Bogotá en 1828 después de que fracasara su intento por reformar la constitución de Colombia adoptada en 1821. (Puede discutirse, en cambio, si asumió o no facultades autoritarias en Bolivia durante un muy breve periodo en 1825).

Lynch sugiere que "criticar a Bolívar ... por no ser un demócrata liberal en vez de un conservador absolutista implica dejar las condiciones fuera del argumento". Agrega que de Bolívar "no podía esperarse que consiguiese generar un orden completamente nuevo en la sociedad y la economía dado que éstas estaban fundadas en base a condiciones de largo plazo enraizadas en la historia, el contexto y el pueblo, y no podían ser desafiadas fácilmente por la mera legislación". Una cuestión significativa parece haber quedado de lado aquí: Bolívar no intentó realmente establecer un Estado de Derecho. Sus acciones contribuyeron a ese "caos" general del cual Lynch considera que fue víctima.

Consulté la opinión del historiador Elías Pino Iturrieta, una de las autoridades más respetadas de Venezuela con respecto a Bolívar. Bolívar fue “un aristrócrata bien informado de las tendencias liberales”, me dijo, “pero distanciado del pueblo en términos abismales”. En su carta de Jamaica, en 1815 -explica el historiador-, Bolívar habló de "un nuevo género humano" destinado a ser libre, pero incluía solamente a los aristócratas. Mantuvo esta postura hasta su discurso ante el congreso de Angostura en 1819, cuando confesó su republicanismo y habló de ciudadanía. Mas luego insistió en que los candidatos a la ciudadanía eran ineptos debido a la cultura española. A eso se debe que desease un senado hereditario y un "poder moral" (una cuarta rama gubernativa) cuyo objetivo fuese hacer que los criollos blancos enseñasen virtudes sociales al resto. Aunque sus ideas no eran compartidas por las elites liberales, intentó una reforma institucional que lo hubiese convertido en el "padre de familia" en torno a quien habría girado el destino de la sociedad.

Cuando Bolívar regresó a Colombia tras su largo periplo por Ecuador, Perú, y Bolivia, intentó cambiar la constitución e introducir elementos autoritarios como la presidencia vitalicia y la senaduría hereditaria. Coqueteó también con la idea de coronarse rey. Al final no lo hizo y merece admiración por haber contenido las ínfulas de sus simpatizantes. Pero hay prueba escrita--y Lynch hace referencia a ella— que indica que no era del todo reacio a la idea monárquica (en este aspecto, como en muchos otros, no debe ser comparado con George Washington) y que permitió a los monárquicos considerarla durante demasiado tiempo, fomentando por consiguiente pasiones enardecidas.

José García Hamilton, un estudioso argentino de Bolívar, considera que el Libertador fue consistentemente dictatorial: “En su carta desde Jamaica (1815) y en la Convención Constituyente de Angostura (1819), Bolívar postula un sistema político con presidente vitalicio, una cámara de senadores hereditarios integrada por los generales de la independencia…La Convención de Angostura no aprueba este sistema para Venezuela ni tampoco la aprueba para Nueva Granada la siguiente convención de Cúcuta, pero luego Bolívar, en la flamante Bolivia, redacta personalmente una constitución con esas características, que luego es aprobada para el Perú. Luego pretende que ese sistema se extienda a la Gran Colombia, pero Santander rechaza que esa sanción se haga mediante atas populares, por no ser un procedimiento legal. “No será legal”, contesta Bolívar, “pero es popular y por lo tanto propio de una república eminentemente democrática”.

Hay algo de cierto en la afirmación de García Hamilton de que Bolívar "fue el creador del populismo militar en América Latina, al cual Santander en Bogotá y Bernardino Rivadavia [el presidente de Argentina] en Buenos Aires se oponían". Agregaría que Bolívar menospreciaba a los caudillos y caciques locales que se interponían en su camino solamente cuando éstos no satisfacían sus propósitos. De lo contrario, estaba feliz de ser su aliado. El propio Lynch señala que en 1821 Bolívar "emitió un decreto que en efecto institucionalizaba el caudillismo" mediante el establecimiento de dos regiones político-militares, una al este y la otra al oeste, controladas por dos caudillos que más tarde lo atormentaron a él y al país. Ambos usurparon grandes extensiones de tierra y crearon virtuales dictaduras en sus respectivos feudos.

Bolívar entendía bien las realidades políticas de su época. Arremeter contra todos los caudillos y caciques locales no era una opción. Pero muy a menudo les hizo concesiones que iban más allá de lo que la necesidad política exigía. Hacia el final de su vida, Bolívar se alió con José Antonio Páez, uno de los caudillos a los que había legitimado en 1821, contra los esfuerzos de Santander por institucionalizar la república de Colombia. Santander tenía muchos defectos, pero estaba apuntando en la dirección correcta; Páez era un típico caudillo.

Otros historiadores tienden a coincidir con el tipo de argumento que brinda Lynch en apoyo de los esfuerzos políticos de Bolívar. La historiadora venezolana Inés Quintero me dijo que “su fracaso político se debe a la complejidad de las contradicciones que desató el proceso de independencia. No creo que la dimensión y envergadura de los conflictos que se originaron con la independencia podían ser atendidos ni resueltos de inmediato. Bolívar era un ilustrado con todo lo bueno y lo malo de la Ilustración”.

Pienso que Bolívar agravó en vez de contener esas fuerzas anárquicas y violentas desencadenadas por la lucha independentista. Estaba obsesionado con evitar la pardocracia --una revolución de los mestizos, pardos y negros contra las elites blancas que siguieron gobernando tras la independencia. Siempre había sido consciente de esta división social y de la desventaja numérica de su raza y su clase en una sociedad en la que los negros, mestizos e indios constituían tres cuartas partes de la población. La rebelión de José Tomás Boves y sus sanguinarios llaneros en las llanuras de Venezuela en 1814 —causa del colapso de la segunda república independiente— dejó una marca profunda en Bolívar.

Vivía también obsedido por la revolución haitiana. Dessalines, el ex esclavo, había decapitado a todos los blancos que se interpusieron en su camino antes de ser asesinado en 1806; una guerra civil había producido luego un régimen despótico en el norte y uno más moderado en el sur. Bolívar hablaba en distintas ocasiones acerca de su temor a que una guerra de colores pudiese destruir la república. La obsesión con la prevención de la pardocracia en Venezuela se volvió la fuerza impulsora de todo lo que Bolívar hizo militar y políticamente, incluyendo la decisión de combatir en otros países después de la independencia del suyo, la ejecución de ex lugartenientes como Manuel Piar, su alianza con caudillos locales como Páez y, fundamentalmente, la concentración de excesivas facultades en sus propias manos.

La biografía de Lynch trata muy bien este tema a la vez que justifica el temor de Bolívar a la pardocracia. Un punto importante que no se enfatiza lo suficiente es que el gran logro de Bolívar a comienzos de la lucha independentista fue poner a los pardos, que al comienzo se habían opuesto violentamente a las elites criollas, en contra de España. Juan Bosch, el desaparecido escritor y político dominicano, dedicó un libro entero a esta cuestión, titulado “Bolívar y la Guerra Social”. Hay elementos marxistas en su argumento, pero sugiere de manera convincente que Bolivar desvió la energía de las masas de color de su objetivo inicial--las elites—hacia el enemigo común, el régimen colonial español. Estimaba que mantenerlas en un estado de guerra constante era la mejor forma de gastar esa energía y de alejarla de los líderes de la nueva república. Bosch atribuye a este temor la extralimitación militar de Bolivar. Yo agregaría que su incapacidad para soltar las riendas del poder y establecer instituciones sólidas derivaba parcialmente de esta fijación.

Antes de la independencia, la monarquía española había estado durante años del lado de las clases más bajas y promovido alguna movilidad social, lo que incomodaba mucho a los criollos blancos. Bosch sostiene que "la Guerra a Muerte", una campaña de terror anunciada por Bolívar en 1813 en la que declaraba que incluso los españoles neutrales serían ejecutados, fue un intento por parte del joven general de convertir “la guerra social”—la anarquía, como la él llamaba—en “una guerra de independencia”. A pesar de que la segunda república que resultó de ese esfuerzo fue efímera, la estrategia de Bolívar dio resultado más adelante. Su genio consistió en reencauzar hacia el enemigo la hostilidad popular que se había desatado contra las elites.

Pero al final este encono se volvería contra Bolívar, en parte debido a que boicoteó los esfuerzos liberales por establecer instituciones durables que pudiesen controlar a estas fuerzas, y en parte porque su estructura de poder dictatorial reforzaba, a menudo sin quererlo, la estratificación social de las que esas masas se resentían. El temor a una revuelta racial y clasista llevó al Libertador a adoptar medidas absurdas, como la abolición de las comunidades indígenas en Perú. Pensaba que la abolición de esta forma de posesión comunal de la tierra y la distribución de pequeñas parcelas individuales fortalecería a los indios. Provocó exactamente lo opuesto: el rompimiento de esas estructuras abrió las puertas a través de las cuales las elites locales lograron usurpar las propiedades y concentrar la tierra en muy pocas manos.

En su libro “El Culto a Bolívar”, el académico venezolano Germán Carrera Damas sostiene que de 1812 a 1814 la guerra fue librada por los ricos, de 1814 a 1817 por los pardos y los esclavos, y de 1819 en adelante nuevamente por los ricos, los terratenientes y los monopolistas comerciales. Los caudillos se encontraban bajo su control. En algunos casos, adquirieron tantas propiedades que ellos mismos se volvieron parte de la elite rica. El desatino de Bolivar consistió en contener, en vez de abrir, las puertas de la movilidad social. No reconocía bien la separación existente entre las constituciones teóricas que él y sus hombres sancionaron y la clase de sociedad estratificada que las subyacía. En su visión elitista de la economía, los tenderos y los pequeños comerciantes eran "gente vulgar".

La riqueza estaba atada a la tierra. Como Lynch afirma acertadamente, "en Venezuela, donde la aristocracia colonial se encontraba reducida tanto en número como en importancia, las grandes fincas pasaron a manos de una nueva oligarquía criolla y mestiza, los exitosos jefes militares de la independencia". Así que las caras pueden haber cambiado, pero el sistema permaneció casi intacto, a pesar de alguna movilidad entre los pardos en los campos de la educación y el gobierno. Tras la independencia, unos diez mil blancos de ascendencia española eran los dueños de Venezuela. Medio millón de pardos y mestizos fueron excluidos, muchos de ellos hacinados por la nueva elite en las haciendas y ranchos por una paga mínima.

Algunas de las medidas tomadas por Bolívar fueron justas, como la abolición del tributo indio y de las prestaciones laborales no rentadas, pero para muchos indios esto simplemente significó tener que pagar más impuestos como ciudadanos normales. El verdadero problema residía en que en la práctica ellos no eran iguales ante la ley, eran dueños de muy pocas propiedades y no podían participar de actividades productivas y comerciales propias debido a que los derechos de propiedad dependían esencialmente de la elite gobernante. Bolívar, distraído por las cuestiones militares y obsesionado con contener a la pardocracia, nunca trató de modificar este estado de cosas. Cuando intentó alguna reforma, como en Colombia al restituir a los indios las tierras de las reservaciones, no la hizo cumplir, dejando que los legisladores y administradores lidiaran con los detalles mientras él conquistaba más tierras. Lo que ocurrió en la práctica, tal como Lynch lo demuestra cabalmente, es que la tierra fue enajenada y terminó en manos de los grandes terratenientes. Se perdió una gran oportunidad de crear una sociedad de propietarios. Sin ella, no había esperanza alguna de forjar una república liberal bajo el Estado de Derecho. Los Whigs británicos y los Padres Fundadores de los Estados Unidos, a quienes Bolivar admiraba mucho, comprendían los fundamentos de una sociedad libre de un modo que a él lo eludía.

Lynch atribuye estos defectos a la circunstancia. Pero filosófica y políticamente, las prioridades de Bolívar deberían haber sido distintas. La fijación de límites a la acción del Estado y la descentralización del poder fueron los grandes logros de los Padres Fundadores. El ominoso legado de las luchas por la independencia de América Latina fueron la concentración y la centralización del poder. Cualesquiera hayan sido los otros logros de Bolívar, y tuvo muchos, éste fue un defecto fundamental de su visión y liderazgo.

A diferencia de otros admiradores de Bolívar, John Lynch es justo con respecto de las cuatro sombras que oscurecieron su reputación entre los observadores menos fervientes: su traición a Francisco de Miranda, el precursor de la independencia de América del Sur; la ejecución de cientos de prisioneros en la prisión de La Guaira; la "Guerra a Muerte" en el inicio de la campaña que lo llevó a establecer la segunda república; y la ejecución de Manuel Piar, uno de sus propios hombres, por insubordinación.

Al colapsar la primera república, Miranda fue capturado por Bolívar justo cuando se aprestaba a abandonar Venezuela y entregado a los realistas (moriría pocos años después en una prisión española). La justificación de Bolívar fue que Miranda había capitulado demasiado pronto y que su partida hubiese permitido a los realistas dar marcha atrás en los términos de la capitulación. Lynch no lo justifica y está en lo correcto. El historiador británico es más comprensivo respecto del decreto de la Guerra a Muerte, cuando, habiendo aprendido la lección del colapso de la primera república, Bolívar decidió librar una despiadada campaña a efectos de infundir temor en el enemigo. El decreto finalmente se volvió una autorización general para la represión indiscriminada. Bolívar alentó o toleró la ejecución y la persecución de los españoles y americanos que habían cometido el pecado de permanecer neutrales o no haber sido lo suficientemente serviciales.

La guerra nunca es amable. Pero las tácticas de Bolívar eran particularmente despiadadas: liberó a los esclavos solamente cuando prestaban servicios en el ejército de liberación, saqueó el tesoro y se apoderó de las fincas de otros para financiar sus campañas, decretó la ley marcial para cubrir sus filas con aquellos que no tenían apetito alguno por la guerra y ejecutó a mucha gente. Cuando se enfrentaba a la revuelta de los llaneros que llevaron finalmente al colapso de la segunda república, ordenó la ejecución de unos ochocientos prisioneros en La Guaira. Lynch le dedica poca atención a este episodio y adopta un tono neutral, explicando que fue una acción tomada a la luz de las atrocidades cometidas por el bando contrario.

Más justificada, aunque igualmente ilustrativa acerca de la falta de compasión por parte de Bolivar, fue la ejecución de su aliado Piar, un mulato que había combatido a los españoles en el este. Piar gozaba de su propia base de poder y no deseaba obedecer al liderazgo de Bolívar. El Libertador lo hizo ejecutar, lo que justificó años más tarde con el argumento de que la muerte de Piar era una “necesidad política” porque de lo contrario el ejecutado hubiese iniciado una guerra de “pardos contra blancos". Nuevamente, el temor de Bolívar a un conflicto racial lo llevó a actuar contra Piar de un modo que no empleó contra Santander años después, cuando el revolucionario criollo de raza blanca permitió un intento de asesinato en contra de Bolívar siguiera adelante en Colombia.

Estas acciones fueron parte de una guerra librada por las buenas razones, pero fueron también las características de un líder para quien los fines a menudo justificaban los medios y cuyas metas se confundían con consideraciones atinentes a la construcción de bases de poder en lugar de instituciones. Bolívar veía a Santander, su vicepresidente, como "el hombre de las leyes" y a sí mismo como "el hombre de las dificultades". Es una distinción contundente.


El culto de Bolívar es un fenómeno fascinante—y aterrador—en América del Sur. Ha sido ahora capturado por Hugo Chávez por razones de conveniencia política. (Mientras tanto, Chávez se dedica a socavar la Comunidad Andina de Naciones debido a que este bloque regional no es funcional a su objetivo de abandonar los tratados de libre comercio que algunos de los países andinos han suscripto con los Estados Unidos. Bolívar, que era pro-estadounidense y pro-integración, se estremecería). Durante gran parte del siglo veinte, el culto de Bolívar era de derechas; pero ya no lo es, como lo demuestra la campaña de Chávez en torno al mito de Bolívar. Quintero, que ha escrito acerca de la utilización de las ideas de Bolívar por parte de la derecha y la izquierda, considera que “en los dos casos el procedimiento es exactamente el mismo: la utilización interesada y descontextualizada de las ideas de Bolívar para ponerlo al servicio: unos de la derecha Cesarista; otros de la izquierda revolucionaria”.

Como lo ha demostrado Pino Iturrieta, autor de importantes trabajos sobre la "deificación" de Bolívar, el culto a Bolívar se inició en 1842, cuando sus restos fueron llevados a Caracas. Entonces se convirtió en un profeta que había prefigurado el surgimiento del dictador Antonio Guzmán Blanco en el siglo diecinueve, la tiranía de Juan Vicente Gómez entre 1908 y 1935, la dictadura de Pérez Jiménez entre 1952 y 1958, los gobiernos democráticos que lo sucedieron y, ahora, el chavismo. El vínculo entre el "cesarismo" y el "bolivarianismo" -piensa Iturrieta- comenzó durante el régimen de Gómez en Venezuela, como resultado de un libro de Laureano Vallenilla intitulado “Cesarismo Democrático”, aparecido en 1919 y traducido al italiano durante la era fascista, y aplaudido por Mussolini. Fue también admirado por los publicistas de la Falange en España, entre ellos Giménez Caballero, quien sostuvo que Bolívar fue un precursor de Franco. Por lo tanto, Chávez simplemente ha retomado el culto y transformado a Bolívar en el precursor de su propia revolución. Y ha ligado este artilugio a la liturgia popular que rodea a Bolívar desde el siglo diecinueve. Si Bolívar viviese hoy día, observa Iturrieta, se sorprendería de ver a un zambo, un individuo de origen negro y amerindio, habitando el palacio presidencial y hablando en su nombre.

Uno podría agregar, en contra del culto de la izquierda a Bolívar, que el Libertador no fue un antiimperialista. Constantemente solicitó la protección británica, llegó a ofrecerle a Londres el control de Nicaragua y Panamá a cambio de ayuda contra España, y aplaudió la doctrina Monroe como una forma de mantener a raya las ambiciones francesas y españolas. En un gran ensayo llamado "Marx y Bolívar," el escritor venezolano Ibsen Martínez cita una carta de Marx a Engels en la cual sostiene que Bolívar "era el verdadero Soulouque". (Soulouque fue el revolucionario haitiano que se coronó emperador y estableció un reino de terror en su país). En otros escritos, Marx acusa a Bolívar de ser incapaz de "cualquier esfuerzo de largo plazo".

Martínez documenta el entusiasmo por Bolívar entre los simpatizantes de la dictadura en otros países, y concluye: “Era sólo cuestión de tiempo para que en el país de la teología bolivariana…un teniente coronel demagogo y populista, apoyado por la izquierda militarista…educado en una Academia militar...terminase por cambiarle el nombre a la República de Venezuela”. Se refiriere a la circunstancia de que Chávez ha cambiado el nombre de su país por el de República Bolivariana de Venezuela. El Libertador, un hombre de la elite que creía en las instituciones oligárquicas y que pasó gran parte de su vida procurando evitar la revolución social, es en la actualidad el icono del populismo de izquierda. Debe estar retorciéndose en la tumba.

Traducido por Gabriel Gasave

Este trabajo fue originalmente publicado en inglés por la revista The New Republic bajo el título de THE FLIP SIDE OF POPULISM--Democracy s Caudillo
Read more

sábado 23 de enero de 2010

Desafíos de la cultura narco

0 comentarios
Cuando el combate más efectivo es arruinarles el negocio

Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION 
Sábado 9 de enero de 2010


Asi como Roberto Arlt vislumbró en sus dos grandes novelas la madeja fascista que se cernía sobre las naciones jóvenes del Sur, la guerra contra las drogas y el narcotráfico impregna hoy buena parte de la literatura, sobre todo en Colombia y México, donde la cultura narco se ha infiltrado en todos los aspectos de la vida. Expandida como un virus, pone y derriba gobiernos, compra y vende conciencias, se toma la vida de las familias y ahora la vida de las naciones. La cultura narco es la cultura del nuevo milenio.

Cada vez que la imaginación parece aproximarse a una radiografía de los hechos, la realidad le saca ventaja con nuevas palabras que los diccionarios no alcanzan a definir. Todos los días las noticias arrojan cadáveres que se ordenan entre "decapitados" y "severamente mutilados"; los sicarios ya no tienen una patria, sino que las invaden todas: el cartel de Sinaloa tiene laboratorios en la provincia de Buenos Aires, las bandas que actúan en las sombras imponen guerras en las favelas de Río de Janeiro o en las villas de San Martín o Boulogne, donde a fin de año, y con diferencia de horas, hubo dos acribillados por el control de la venta de cocaína y marihuana. La traición, si se sospecha, se castiga con acciones mafiosas; si se prueba, con crímenes que traen más muertes, en una escalada de venganzas infinitas.

En su novela póstuma, 2666 , Roberto Bolaño relató en toda su crudeza y horror los asesinatos de mujeres en Santa Teresa, transmutación literaria de Ciudad Juárez, enclave fronterizo con El Paso, Texas, donde desde hace décadas gobiernan la violencia y la impunidad. Esas muertes narran un crimen continuo, una historia de nunca acabar. Un empresario poderoso que observa cómo su país está siendo minado por los narcotraficantes en complicidad con la corrupción del poder, decide ganarles "Siendo más criminal que ellos" en la última novela de Carlos Fuentes, Adán en Edén . La manera en que el dinero sucio del narcotráfico penetra en la sociedad provocó picos de rating en la versión para televisión de Sin tetas no hay paraíso , la historia en la que Gustavo Bolívar cuenta cómo una joven de 17 años se prostituye para comprarse pechos más grandes y así acceder al círculo de los traficantes. En La conspiración de la fortuna , Héctor Aguilar Camín dibuja el pueblo de Martiñón Agüeros, un capo del narcotráfico que condensa a cada uno de los pueblos y jefes narcos que con su beneficencia compran voluntades e hipotecan el alma de los más desfavorecidos. La lista viene amontonando títulos en sintonía con el ritmo en que avanzan la muerte y la corrupción por el continente: Rosario Tijeras, de Jorge Franco; La reina del S ur,de Arturo Pérez-Reverte; Balas de Plata , de Elmer Mendoza, o La virgen de los sicarios , de Fernando Vallejo son apenas unos pocos ejemplos con un denominador común: cada golpe al narcotráfico es devuelto con otro golpe aún mayor.

Es lo que le ha ocurrido al presidente Uribe en Colombia, y ahora a Felipe Calderón en México. Mientras tanto, se destruyen personas, familias, pueblos, culturas. Cada día se hace más evidente que la guerra no es la solución al problema y que la única vía posible es enfrentarlo desde la raíz, es decir, desde la despenalización del consumo.

Las inteligencias más lúcidas del continente insisten en que es imperioso llegar a un acuerdo de cooperación entre traficantes y consumidores. Cuando se rompan esos pactos siniestros de silencio y dinero, y los expendios de droga salgan a la luz del día, como el alcohol después de la ley seca, quizás hasta los propios traficantes descubran las ventajas de trabajar dentro de la ley y, al sentirse más seguros, irradien esa seguridad sobre las comunidades a las que comprometen.

La despenalización avanza. España, que trata la drogadicción como un problema de salud, fue el primer país europeo en despenalizar el consumo de marihuana. El uso y la posesión para uso personal no es delito, aunque el consumo público está castigado con multas administrativas y su legislación contra el tráfico está entre las más severas de Europa. En 2001, Portugal aprobó una ley que descriminaliza todas las drogas y los resultados no están siendo desalentadores. En Italia se acaba de expedir un listado de dosis personales que aparejan sanciones administrativas, pero no penales. Venezuela también dictó recientemente una norma en la ley orgánica contra el tráfico ilícito y consumo de estupefacientes y psicotrópicos que despenaliza el porte de dosis personal hasta por cinco días, y al mismo tiempo se incrementaron las penas para los traficantes. Hace pocas semanas, y a contracorriente de una costumbre avalada por el ex presidente Bush, la administración Obama estableció que los fiscales federales no gastaran sus recursos en arrestar a personas que usan o suministran marihuana con fines medicinales. Quizás el caso más conocido sea el de Holanda, donde en rigor es delito el consumo de cualquier sustancia prohibida. Sólo hay cierta consideración para el acceso a la marihuana en los llamados coffee shops , lugares reservados para la compra y el consumo de menos de cinco gramos diarios. Pero desde hace años, Holanda ha mantenido una política de tolerancia hacia las drogas blandas, aun haciendo frente a la presión de otros países, sobre todo desde que en los 90 Europa abrió sus fronteras.

En la Argentina, un fallo de la Corte Suprema de Justicia estableció que el consumo personal de marihuana no es un delito y también ha concentrado en un solo juzgado federal todo lo relacionado con el paco, un veneno que genera una adicción de carácter físico que arrasa en los círculos más pobres de la población.

¿Es la despenalización la cura de todos los males? El lenguaje de las armas demostró su fracaso y la historia ya escribió su ejemplo más contundente cuando en los Estados Unidos se prohibió el consumo de alcohol durante los trece años que duró la ley seca. La prohibición, que comenzó el 17 de enero de 1920, lejos de hacer desaparecer el vicio provocó el surgimiento de un mercado negro del que surgieron todos los Al Capone, los Baby Face Nelson, los falsos héroes como Bonnie & Clyde y una legión de padrinos que sembraron el terror a sangre y fuego. Como era casi previsible, muy pronto la corrupción se apoderó de las conciencias policiales. Treinta y cinco por ciento de los agentes encargados de velar por la prohibición terminaron con sumarios abiertos por contrabando o complicidad con la mafia y las consecuencias en la salud de la población tuvo estadísticas nefastas: treinta mil muertos por envenenamientos con el alcohol metílico y otros adulterantes, a los que recurrían los bebedores desesperados. Cien mil personas resultaron víctimas de ceguera, parálisis y otras complicaciones derivadas del consumo de alcohol irregular. En 1933, cuando Franklin D. Roosevelt derogó la ley seca, el crimen violento descendió dos tercios. En Estados Unidos no se acabaron los borrachos, pero desaparecieron los Al Capone.

Matar al perro enfermo no pone fin a la rabia. Ni el arresto del mexicano Rafael Caro Quintero o el operativo cinematográfico que acabó con la vida del colombiano Pablo Escobar Gaviria, por citar a dos de los capos del narcotráfico más temibles y conocidos de las últimas décadas, extirparon el problema. Donde se acabó con uno, pronto surgió otra media docena dispuesta a tomar las riendas del negocio. Hace pocos días, las fuerzas especiales de la Armada de México protagonizaron otra escena hollywoodense cuando bajaron desde sus helicópteros sobre el condominio Altitude, en Cuernavaca, Morelos, y tras varias horas de combate acribillaron a Arturo "la Muerte" Beltrán Leyva, el "jefe de jefes" del narcotráfico. Lo que se mostró como otro éxito certero sólo traerá una nueva escalada de violencia para ocupar el trono del rey depuesto con alguien cuyo apodo también lleve un mensaje letal.

El combate más efectivo contra el narcotráfico es arruinarles el negocio. Y la única vía posible para hundirlo es legalizando el consumo. Todas las estrategias de guerra aplicadas en la región durante los últimos treinta años resultaron un fiasco, con un balance de muertos y de groseros gastos de dinero sin que nada haya cambiado. No se trata de alentar el consumo, sino de controlarlo mejor, invirtiendo esos mismos millones en salud pública y en campañas efectivas que no demonicen al consumidor ni lo atemoricen con un destino de represión y cárcel. Muchos se rasgaron las vestiduras cuando el sida dejó de tratarse como una enfermedad vinculada a los homosexuales y se trató como un mal que afectaba a todos por igual, lo que terminó produciendo resultados enormes. Esta es la perspectiva de igualdad que se debería plantear ante el consumo de drogas.

Pero acaso no haya mayor semejanza para estos tiempos de cultura narco que con la era de la cultura alcohólica y sus carteles de asesinos que convertían las ciudades en feudos aptos para la rapiña. El mejor retrato de esa época ha sido trazado por el gran periodista norteamericano Lewis Allen, en su crónica Just Yesterday , "Tan sólo ayer" (1957). Allen enumera los difíciles pasos que debieron darse para la despenalización y para el regreso de los Estados Unidos a una vida normal. La ley seca tropezó primero con las normas de la Constitución federal, que exigía la aprobación de cada uno de los estados para imponerla. En todas las cámaras se oyeron debates estrepitosos que disgustaban al partido gobernante, pero la pluralidad de ideas enriqueció el futuro. El tránsito hacia un país nuevo fue más lento de lo que se había supuesto. Comenzó con un éxodo masivo de pequeños ahorristas a la Florida y con un aumento singular de los precios agrícolas, que enriqueció a miles de campesinos en el Medio Oeste. El obstáculo mayor en América latina para desterrar la cultura narco es la necesidad de que los países productores y exportadores de drogas compartan la responsabilidad de erradicarla con el principal país consumidor, cuyas intenciones no siempre han sido las de un buen vecino.

Lewis Allen advierte, en su extraordinaria crónica, que la derrota de la cultura narco no se sintió de un día para el otro en los países ni en las vidas privadas. "La libertad que tan desesperadamente buscaban los jóvenes en el alcohol -escribe Allen- no se había perdido, pero resultaba difícil descubrir un verdadero cambio real en el empleo que se daba a esa libertad. Lo que había desaparecido era la excitada sensación de hacer pedazos los tabúes. Los frutos del pecado se estabilizaban en un nivel inferior. También desaparecía, al menos en parte, la histérica preocupación sobre las hazañas sexuales que habían caracterizado la época de posguerra. Sólo de una cosa se podía tener certeza: a los viejos capos ya no les sería tan fácil tender las mismas trampas. Nada se repetiría. El final del tiempo vuelve a menudo sobre sus pasos, pero siempre es para trazar un nuevo canal."

© LA NACION
Read more

viernes 22 de enero de 2010

Samuel Huntington y el Choque de Civilizaciones: Examinando una nueva perspectiva en la estrategia nacional de seguridad de Estados Unidos después del 11 de Septiembre 2001

0 comentarios
Felipe Rojas
Capitán de Navío, Armada del Perú
Visiting Scholar, Center for Hemispheric Defense Studies

“Estos son tiempos tensos y es mejor pensar en términos de poder y de falta de poder … así como en principios universales de justicia e injusticia, que perderse en una búsqueda de vastas abstracciones…” (Edward Said, The Nation v. 273 No. 12 Octubre 2001, páginas 11-13)

Introducción

La base del presente ensayo de opinión es ofrecer una diferente perspectiva respecto a si los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 sobre el poder económico y militar de Estados Unidos representados en Nueva York y Washington DC, son una confirmación de la tesis de Samuel Huntington expuesta en su reciente obra El Choque de Civilizaciones. Si tales eventos derivan de una confrontación de civilizaciones o se trata de una nueva versión de un común choque de intereses. Y en cualquiera de la dos visiones, cuáles serían los cambios en la seguridad nacional de Estados Unidos en el actual y complejo orden internacional.

El fin de la Guerra Fría dio por terminado un largo período de lucha ideológica en la política internacional entre las grandes potencias del siglo XX, una lucha de carácter prácticamente global y alienante de suma cero que se transformó en el centro de gravedad mundial del conflicto. El contexto del presupuesto político amigo/enemigo estuvo basado en dos cosmovisiones políticas, sociales y económicas diferentes, una elaborada por el auto denominado mundo libre de Occidente y la otra por un modelo opuesto totalitario soviético y su esfera de influencia sobre países satélites de Europa Oriental. Las estrategias de dominación dentro del sistema internacional para el ejercicio de influencias y manipulación de conflictos locales o regionales, fueron actividades comunes de la política internacional. Ellas fueron delineadas y conducidas de acuerdo a los intereses globales de las grandes potencias en un claro escenario mundial realista de balance de poder entre dos polos.

Una vez quebrado el esquema expuesto, el sistema comunista se desplomó como modelo político viable a partir de 1989. Casi repentinamente en diferentes regiones del globo se liberaron fuerzas políticas centrífugas desestabilizadoras opuestas al nuevo orden global recientemente establecido. En consecuencia, Estados Unidos se convirtió en el líder mundial de la civilización occidental triunfante y administrador así del poder global, pero en un entorno internacional ambiguo, difícil de comprender, más complejo y más vulnerable. Hoy en día no es fácil visualizar en un contexto mundial de poder en proceso de recomposición, el cual es uni-polar desde las variables política y militar y a su vez multi-polar en lo económico, a un claro enemigo como referencia al interés nacional norteamericano. La dificultad radica tanto en la determinación exacta del grado de importancia de los intereses nacionales en riesgo, como del lugar geoestratégico que estos ocupan en el globo. Sumadas al contexto descrito, dos pensamientos opuestos tomaron lugar en el campo intelectual de la política norteamericana en los 1990: el primero de ellos pertenece a Francis Fukuyama y se resume como “el fin de la historia”, que expresa el triunfo del mundo liberal y sus valores secularizados como verdad universal; el segundo, de Samuel Huntington, desde una posición opuesta nos ofrece la predicción de un oscuro futuro para la humanidad, la misma que se verá ineludiblemente envuelta en conflictos culturales derivados de un irreconciliable “choque de civilizaciones”, en una suerte de continuidad de calamidades humanas en la línea de la filosofía política de Thomas Hobbes.

Interpretación de la tesis de Huntington


El conflicto en el futuro, ya sea de orden local, regional o global, estará sujeto al esquema de un choque entre beligerantes de diferentes civilizaciones. En otras palabras, el conflicto será de naturaleza cultural. El más probable escenario será la lucha del Occidente contra el resto de las civilizaciones no occidentales. El argumento se basa en la supremacía actual del Occidente en términos de poder, la misma que es rechazada o no tolerada por otras comunidades del orbe con diferente identidad cultural. Estas comunidades poseen poderes relativos diferentes que podrían oponerse a su rival dominante, también adoptando diferentes formas de acción. Las fricciones que se deriven serán producto de una contraposición natural de intereses en una arena global competitiva. En este contexto, dos grandes potencias parecen ocupar un espacio confrontacional similar al experimentado durante la Guerra Fría: China y Estados Unidos, pero en un nuevo mundo con tendencia a reacomodarse en una multipolaridad en el largo plazo.

Por otra parte, el autor considera que la lucha del Islam es contra el modelo hoy dominante de la cultura del mundo occidental y lo declara como enemigo irreconciliable. Se basa en la ley del Corán y acusa a todo aquel que haya violado sus sagrados territorios bajo el esquema de la jihad o guerra santa. Se trata de una relevante civilización en la historia universal que acumula un odio ancestral y sed de venganza en una conflictiva relación histórica con el Occidente. Su debilidad, sin embargo, radica en la falta de un estado central líder capaz de ensamblar sentimientos y estrategias en un sólido y cohesionado poder desafiante del actual orden internacional. Por ello, movimientos fundamentalistas se refugian en un mecanismo de defensa que utiliza las diferencias de orden religioso para manipular mentes y exacerbar las diferencias de orden cultural hasta el extremo de cegar toda posibilidad de coexistencia humana.

Al mismo tiempo – plantea Huntington – dos diferentes civilizaciones parecen unir lazos estratégicos a fin de buscar la caída del Occidente en el largo plazo: el Confucianismo y el Islamismo estarían intercambiando toda clase de posibilidades para el desarrollo de armas de destrucción masiva, un tema de vital y actual importancia en la agenda de los intereses nacionales de Estados Unidos en el siglo que se inicia. Este será el esquema de conflicto más importante en el futuro cercano y centro de gravedad de las amenazas globales del nuevo siglo. Asimismo, Huntington ha elaborado una lista de más de media docena de civilizaciones con diferentes grados de intensidad de conflicto en sus interrelaciones, incluyendo además de las nombradas anteriormente, la Eslava/Ortodoxa, la Japonesa, la Hindú, la Latinoamericana y la Africana, pero no serán consideradas en el presente ensayo porque el tema central está relacionado con los eventos del último 11 de septiembre, sus autores y sus razones.

Los intereses nacionales y teoría de las relaciones internacionales

La estrategia de seguridad nacional de un Estado-Nación se construye con el fin de alcanzar, proteger o mantener el interés nacional. Este axioma es una realidad histórica que pertenece a la evolución de la humanidad como un proceso natural y no es por lo tanto exclusivo del siglo XXI. Cada grupo, nación, sociedad o civilización como entidades de seres humanos políticamente organizados, ha pretendido por siempre alcanzar metas comunes que aseguren su supervivencia. Es así que cuando los recursos en disputa entre dos o más unidades políticas son escasos y ellos representan un interés nacional, entonces el conflicto emerge en proporción al grado de importancia de dicho interés en disputa.

Refiriéndonos a una tabla de prioridades, podemos distinguir primeramente los intereses vitales (supervivencia de la nación, conservación del territorio y protección de los valores culturales contra cualquier tipo de agresión); luego los importantes y secundarios, conocidos también como humanitarios. Los intereses vitales son aquellos que cuando se encuentran amenazados atentan contra la supervivencia del Estado y éste se ve obligado a luchar con todos los medios disponibles, los mismos que se pueden expresar en los elementos e instrumentos del poder nacional. Los Estados emplean diferentes aproximaciones para la consecución de sus intereses, acorde a la intensidad del conflicto en relación directa al grado de importancia del interés amenazado: generalmente se conocen como cooperación, diplomacia coercitiva y la guerra en la parte más extrema del espectro del conflicto.

Otro aspecto teórico que contribuye a la construcción del presente ensayo es la existencia de diferentes líneas de aproximación en las relaciones entre los Estados-Nación. Así tenemos la visión realista, la neorrealista y la perspectiva liberal o moralista:

De acuerdo con el postulado realista, la ley fundamental de la Ciencia Política en la arena de las relaciones internacionales, es la lucha por el poder. Desde su punto de vista el mundo está caracterizado por la anarquía de Hobbes en una permanente lucha por la supervivencia. Los intereses nacionales están en el centro del panorama y son la razón del conflicto. Solamente el empleo pasivo o activo del poder o la fuerza, permitirá la preservación del interés nacional. La variable neorrealista puntualiza que la estrategia nacional del Estado debe girar en torno únicamente a consideraciones de seguridad. Este concepto encierra la idea de una falta de confianza en la interacción internacional, resaltando que la existencia de un Estado se encuentra en permanente riesgo. Por otra parte, la corriente liberal se presenta como el principal desafío a los planteamientos de la teoría realista, habiendo cobrado fuerza entre los intelectuales optimistas al concluir la Guerra Fría, profetizando un nuevo mundo de paz y prosperidad. Esta corriente defiende el punto de vista moral, creyendo en la posibilidad de una convivencia pacífica, de cooperación, en la madurez mental de los líderes políticos, en la democracia como el modelo político que evita las guerras, en la interdependencia económica como una forma de prosperidad y en la buena fe de gobiernos responsables.

Finalmente, de la última obra de Joseph Nye sobre La Paradoja del Poder Norteamericano, se deduce una posición intermedia y para ello es necesario redefinir el interés nacional de acuerdo a los nuevos tiempos de la era de la información. Esto significa para el autor balancear u optimizar el uso de la fuerza, sólo si previamente se ha redefinido claramente en la práctica y bajo determinada circunstancia, un verdadero interés nacional. Esta posición significa que otra clase de instrumentos del poder nacional podría ser mejor aprovechada en la consecución del interés nacional (lo que él denomina como el empleo del “soft power”), respetando, conciliando y compartiendo a la vez las posiciones o intereses de otros actores internacionales.

Es interesante recoger la opinión de George Keenan (“Moralidad y Política Exterior”; Foreign Affairs, Winter 1985/86, pp. 205-218), quien plantea que: “los intereses de la sociedad nacional por la cual el gobierno debe velar, son básicamente la seguridad militar, la integridad de su vida política y el bienestar de su pueblo. Estas necesidades no tienen calidad moral. Ellas se elevan y se basan en la pura existencia del Estado nacional”. Este pensamiento es útil para entender que el concepto “civilización” de Huntington como centro de gravedad del conflicto, estaría más bien subordinado a la esfera de los intereses nacionales que a una perspectiva cultural. En otras palabras, estos intereses pueden o no coincidir con aspectos civilizacionales, pero no necesariamente deben imperativamente moldear el conflicto como única raíz explicativa. El análisis costo/beneficio en la política internacional tiene como base el interés nacional y debe reflejar la política exterior de un Estado. Este es un concepto casi axiomático en la teoría de las relaciones internacionales. Entonces la pregunta que se impone es: ¿nos encontramos frente a un choque de civilizaciones o frente a un permanente choque de intereses?

Grandes espacios regionales en el siglo XXI

Después de más de diez años del fin de la Guerra Fría, la distribución del poder global se viene consolidando en bloques regionales alrededor del mundo, conformando unidades económicas y políticas que tienden hacia una mayor homogeneidad de intereses. Estos bloques son liderados por potencias regionales emergentes que representan diferentes civilizaciones y contribuyen a un balance del poder global. Como se ha explicado anteriormente, con tendencia a revertir en el largo plazo la unipolaridad del mundo actual en sus variables política y militar, a una multipolaridad en todas las esferas del poder.

En estos tiempos, ninguna potencia es capaz por sí sola de adquirir más poder para la prosecución de sus intereses nacionales en una era inevitable de globalización que incluye al mismo poder político. En síntesis, los Estados-Nación que normalmente tienen afinidad cultural y vecindad geográfica, buscan la convergencia de intereses y la consolidación de grandes espacios regionales vía la integración política/económica y militar, sacrificando su peso político individual, el mismo que hoy resulta intrascendente en el juego de las relaciones internacionales. La competencia natural inherente a dicho juego, parece que ahora y en el futuro próximo se desarrollará entre estos grandes espacios regionales, defendiendo cada uno intereses colectivos para su propia supervivencia. Esta competencia no significa necesariamente la existencia de “guerras calientes” tradicionales, simplemente serán parte de una nueva clase de rompecabezas geopolítico en la tradicional y permanente lucha de los seres humanos por recursos limitados y por una ventaja estratégica competitiva. La siguiente frase encierra el concepto de globalización, asociado a la vez con la necesidad de un entorno geopolítico compartido:

“El desafío de Asia no es simplemente crecer como un agregado más en forma de países como entidades individuales, más bien, como una entidad regional más integrada”. (Anwar Ibrahim, “A Global ‘convivencia’ vs. the Clash of Civilizations”; New Perspectives Quarterly v. 14 p. 31-43, Summer 1997).

Análisis

Huntington enfoca la visión de este mundo competitivo bajo un “determinismo cultural”, como una suerte de analogía con el concepto determinista económico de Karl Marx, quien describe la evolución de la historia y la lucha de clases únicamente desde una sola dimensión, la dinámica de las fuerzas económicas. Obviamente que muchos de los conflictos por ocurrir a futuro tendrán lugar entre oponentes de diferentes valores culturales, ya sea por coincidencia o porque estos sean la verdadera causa del conflicto. Esta posibilidad no es nueva como concepto, pero asimismo no puede considerarse una regla. Más bien, el conflicto desde el punto de vista de la teoría realista, se basaría en la ley fundamental de la lucha por el poder como una constante. Sin embargo, la tesis de Huntington no deja de ser muy interesante para entender la dinámica del mundo actual que intenta ordenarse, pero sería mejor hacerlo desde una perspectiva sistémica. Es decir, a través de una múltiple relación multicausal y multidisciplinaria entre todas las variables que intervienen en un fenómeno político – no solamente la civilizacional - en vez de un análisis lineal simplista causa/efecto de las partes del sistema.

Para fenómenos políticos, sociales y económicos - donde el eje principal es el ser humano - tales como la red de la política internacional en un nuevo entorno de cambios violentos permanentes y de múltiples variables, solamente un análisis sistémico complejo puede arrojar mejores aproximaciones. La finalidad es optar por un adecuado o por lo menos por un coherente proceso de toma de decisiones que contribuya a la solución del verdadero problema, el mismo que suele esconderse en el largo plazo, evitando así agregar efectos perversos no deseados. Por todo ello, adherirse totalmente a un enfoque aparentemente determinista como el de Huntington como fuente de análisis, puede resultar unilateral y poco conveniente, pues prácticamente convierte la posibilidad de una coexistencia pacífica en un asunto no viable para los seres humanos en el futuro cercano.

Podemos agregar que la interacción entre diferentes civilizaciones - durante siglos bajo aspectos religiosos – siempre ha existido a lo largo de nuestra historia. Por otra parte, muchas disputas han tenido lugares dentro de opuestos pertenecientes a una misma civilización con terribles resultados en pérdidas humanas y materiales. Por ejemplo, con anterioridad a la Paz de Westphalia, protestantes y católicos pelearon durante más de un siglo para luego formar parte de la civilización occidental, como una característica de la evolución de la humanidad. El proceso de modernización vía los períodos de la Ilustración y la Revolución Industrial, permitió a la civilización occidental europea crear el moderno concepto del Estado-Nación. En efecto, el “salto weberiano” como paso fundamental en la evolución de las sociedades industrializadas, concluyó con las disputas de orden religioso. Otros claros ejemplos contemporáneos de luchas entre seres humanos de una misma afinidad cultural, son la Guerra Civil española, la guerra interna en Camboya y el fenómeno de Sendero Luminoso en el Perú con similares signos de violencia polpotiana.

Por las razones expuestas, podría resultar riesgoso y probablemente exgerado afirmar como hipótesis que en este nuevo siglo - caracterizado por una situación política internacional ambigua que busca un nuevo orden y nuevas explicaciones - estamos involucrados en un inevitable choque de civilizaciones. Pero definitivamente la visión del conflicto de Huntington es muy llamativa y nos llama definitivamente a reflexión.

La expresión “secularización del mundo”, por el lado del Occidente es otra premisa en términos de Huntington. Se entiende la existencia de un proceso de ideologización global de dominación cultural del resto de civilizaciones. Es difícil probar esta hipótesis del deseo del Occidente por secularizar el mundo, es decir, obtener una cuantificación de hechos que nos lleven a una comprobación de la existencia de tal proceso. Sin embargo, podemos afirmar que los valores y creencias religiosas pueden ser también herramientas para crear una ideología que promueva movimientos fanáticos con fines políticos bajo la identificación de lo que se denomina terrorismo internacional. El tema no es religioso, es netamente político. La religión sería un medio como parte de una estrategia de los más débiles para derrotar el poder dominante del Occidente. Estos grupos – a los que comúnmente se les denomina de fanáticos - no representan a una civilización. Ellos estarían apelando a desafiar aspectos de orden cultural como retórica. Millones de personas pertenecientes a la civilización de la cual provienen los terroristas internacionales, no necesariamente aprueban esta clase de conductas o procedimientos. Asimismo, dentro del mundo islámico países independientes poseen sus propios intereses nacionales y compiten entre ellos con diferentes grados de intensidad, dentro de la dinámica natural de las relaciones internacionales. Así tenemos por ejemplo la guerra Irán / Irak y la invasión de Kuwait por Irak que desencadenara la Guerra del Golfo al fin de la Guerra Fría.

Huntington asume también que el regionalismo económico puede tener éxito sólo cuando se encuentra enraizado en un tejido social perteneciente a una misma civilización. Al respecto planteamos la siguiente reflexión: el estado de California es actualmente la sétima economía del mundo. Silicon Valley es un Estado-Región en términos de Keinichi Ohmae, contemporáneo intelectual japonés. ¿Son los ciudadanos de California pertenecientes a una misma civilización? Quizás nos encontremos frente a un proceso inverso en el cual el progreso económico sea el efecto de una mejor relación intercultural. Por otra parte, no resulta claro por qué no es posible un intercambio comercial entre bloques que representan diferentes culturas como asume el autor. En todo caso, si este intercambio no progresa, es mejor encontrar las raíces del problema en un choque de intereses y no de culturas.

El autor hace mención al factor demográfico planteando que la migración a Europa Occidental se ha incrementado, pero siempre visto el fenómeno desde la perspectiva de un choque de culturas. Pensamos que este aspecto tampoco es nuevo, es más bien algo natural cuando las oportunidades y los recursos son escasos en los países pobres. Al mismo tiempo, debemos reconocer que existe una fricción racial, aspecto que siempre ha existido en la historia universal. El grado de animadversión será variable, pero nuevamente estaremos frente a una distorsión si queremos calificar las fricciones raciales como un choque de civilizaciones.

Huntington moldea un gran conflicto a futuro el cual se viene ya construyendo entre China y Estados Unidos como una suerte de nueva Guerra Fría. Coincidimos con esta posibilidad, pero desde una simple visión de un choque de intereses en un mundo normal de riesgos como parte del juego internacional por la dominación. Desde luego que en este caso tenemos dos culturas completamente diferentes, pero la raíz del conflicto es diferente también.

Un último punto importante de análisis: dice el autor que detrás de esta nueva Guerra Fría existe una conexión entre el confucionismo y el islamismo para hacer frente al poder del Occidente. Encontramos aquí una contradicción en la tesis de Huntington: ¿por qué en este caso dos culturas totalmente diferentes sí se pueden convertir en aliados?

Reflexiones finales

Actualmente el conflicto global está centrado en una gran lucha o una suerte de “nueva guerra mundial no convencional” entre grupos terroristas internacionales - con metas estratégicas comunes contra el mundo Occidental - empleando toda clase de medios de combate con posibilidades de daño impredecibles - y con características de una confrontación de largo aliento en todos los frentes. Desde este punto de vista coincidimos con la visión de Samuel Huntington. Pero a su vez afirmamos que esta conclusión obedece a un nuevo esquema de dominación por el control mundial del poder, el mismo que es alimentado por diferencias de orden cultural, principalmente religioso. El carácter del conflicto es netamente político por naturaleza y definición: la lucha por el poder. El problema no es cultural. Sin embargo, el tema es empleado como medio o instrumento para exacerbar el conflicto. Por otro lado, las alianzas políticas de uno u otro lado, no responden necesariamente como relación causal a ciertas afinidades culturales. El trasfondo es una búsqueda permanente de balance de poder acorde a los intereses nacionales de cada actor. En este caso, la lucha en conjunto contra el terrorismo internacional es un tema de prioridad en la agenda de los intereses nacionales de los países industrializados del mundo Occidental, aliados de Estados Unidos. Para otros países menos desarrollados, quizás su agenda internacional no esté tan comprometida con los intereses de Estados Unidos en un combate común y global contra el terrorismo. La razón podría ser que cualquier identificación en bloque, podría afectar la seguridad de estos países, convirtiéndose en blancos del terrorismo y añadiendo así más problemas a los ya diversos y serios problemas domésticos que los agobian.

No existiría la premisa de una irreconciliable coexistencia entre diferentes civilizaciones. Ciudadanos de diferentes culturas viven inmersos en diferentes países bajo diferentes gobiernos y diferentes intereses nacionales. Estos intereses fueron, son y serán el centro de gravedad de las disputas internacionales cuando se vean amenazados, aspectos que están relacionados con el poder y no con el alma. Son parte de una agenda política. Por otra parte, los conflictos culturales y religiosos no constituyen un paradigma moderno. Ellos colman nuestra historia. Terribles conflictos religiosos tienen lugar hoy en día, como lo tuvieron en el pasado. Esto es correcto, pero lo más serio no es el paradigma, es la realidad de la modalidad del conflicto de hoy.

El choque será entre intereses y no necesariamente entre civilizaciones.

Bibliografía

“The Clash of Civilizations?”, de Samuel P. Huntington. Artículo publicado en Political Science 5150 Syllabus and Anthology, National Defense University, Industrial College of the Armed Forces, Agosto/Diciembre 2001.

“Redefining the National Interest”, por Joseph S, Nye, Artículo publicado en la misma referencia anterior.

“The Future of Nationalism”, por Michael Maudelbaum, Artículo publicado en la misma referencia anterior.

“International Relations: One World, Many Theories”, por Stephen M. Walt, Artículo publicado en la misma referencia anterior.

“The End of the Nation State: The Rise of Regional Economies”, por Keinichi Ohmae, Free Press, September 1995.

Who We Are? A History of Popular Nationalism, por Robert H. Wiebe, Princeton University, Enero 2002.

The Global Century: Globalization and National Security, por Richard Kugler and Ellen Frost (Editors), Volume II. Published by the Institute for National Strategic Studies, National Defense University, Junio 2001.

Diferentes opiniones recogidas de Internet de intelectuales críticos del texto de Samuel Huntington, pertenecientes al mundo islámico.

Read more

Qué es...el Choque de Civilizaciones?

0 comentarios
12 de enero de 2008

Fuente Retaguardia

En su famoso artículo ¿El Choque de Civilizaciones?*, publicado en 1993 en la revista Foreign Affaires, Samuel P. Huntington enuncia una cosmovisión geopolítica con la intención de remplazar el paradigma de la Guerra Fría, que se colapsa tras el derribo del muro de Berlín y el fin de la URSS.

En este texto, de apenas 9.176 palabras, Huntington intenta emular a grandes arquitectos geopolíticos de la talla de George Kennan o J.H. Mackinder y aportar el encuadre teórico a través del cual se tendrían que analizar las relaciones internacionales a partir del fin del enfrentamiento entre Washington y Moscú. El axioma del que parte el autor americano se basa en el hecho de que en el mundo de la posguerra fría, las distinciones más importantes entre los pueblos no son ideológicas, políticas ni económicas; son culturales**, es decir, que la causa de los conflictos a partir de 1992 serían entre civilizaciones y por razones culturales (y religiosas), no entre potencias ideológicamente distantes. Huntington define el concepto de civilización como la entidad cultural más amplia en la que se puede adscribir un individuo y vaticina que los próximos conflictos tendrán lugar en los puntos geográficos de encuentro entre dos civilizaciones, que denomina líneas de fractura.


                          Un Mundo de Civilizaciones (Pulsar sobre el mapa para ampliar)

Una vez expuesto este esquema, Hungtinton va desgranando una a una las consecuencias del mismo, así como englobando cada país en un compartimento estanco de civilización, hasta identificar ocho civilizaciones distintas a lo largo del globo. Europa occidental queda de esta forma encuadrada en Occidente colindando en su vertiente este con la civilización Ortodoxa y en su frontera sur y sureste con la Islámica. Los países que no logra asignarlos de forma clara a ningún encuadre civilizatorio los junta en un cajón de sastre y los denomina países escindidos o desgarrados (torn countries), ya que su alma se encuentra dividida entre dos civilizaciones. En palabras del propio autor estos países tienen una única cultura predominante, que lo sitúa dentro de una civilización, pero sus líderes pretenden desplazarlo a otra civilización distinta**.
--------------------------------------------------------------------------------
* Título que más tarde perdería su carácter interrogativo y se convertiría en un libro escrito por el mismo autor y titulado “El Choque de Civilizaciones y la reconfiguración del Orden Mundial”.
** El choque de civilizaciones, Samuel P. Huntington. 1993, Ed. Paidos
Read more

jueves 21 de enero de 2010

Justicia para Cirilo Robles

0 comentarios
Abril de 2005

Mirko Lauer.
La República


La conclusión de la Contraloría de que el alcalde linchado en Ilave era inocente es indignante. La muerte de Cirilo Robles a manos de una turba y otros asesinatos exasperados vía turba se venían beneficiando de la presunción de culpabilidad de las víctimas. No porque la opinión las aprobara, sino que las censuraba menos.

Está claro que en lo estrictamente legal da lo mismo que Robles fuera culpable o no: los ciudadanos no podemos hacer justicia por mano propia, por mucho que lo necesitemos. Pero en lo político la inocencia de Robles hace toda la diferencia, pues nos recuerda que la famosa vox populi se equivoca con pasmosa frecuencia en este país.

Esta versatilidad en la producción de error no se refiere solo a los asesinos que azuzaron y ejecutaron, sino a todo el sistema de medios y declaradores profesionales que se supone que encarnan la racionalidad en el debate público. ¿Qué decían los medios locales y nacionales sobre Robles en las semanas previas al linchamiento?

Si se considera la crítica y la denuncia indispensables para la buena marcha de la sociedad, eso es en buena medida porque las acusaciones son corroborables y rectificables antes de que los inocentes calumniados hayan sido además castigados. Pero cuando la justicia tarda, si acaso llega, crítica y denuncia son armas cargadas de arbitrariedad.

¿Era tan difícil paralizar la macabra diablada hasta establecer los verdaderos términos del problema? Quizás esos términos no eran los de la culpa o la inocencia. Tal vez estamos ante una conspiración con docenas de enloquecidos tontos útiles. Cuesta creer que eso sea lo que el estulto radical boliviano Felipe Quispe llama justicia aymara.

En este clima no sorprende que a la primera acusación seria por malos manejos el presidente regional de Puno se haya ocultado: probablemente teme un linchamiento. Los medios que se interesan por el tema reproducen las versiones de los acusadores, pero las unidades de investigación por lo general no atienden provincias.

La otra parte siniestra de la historia de Robles es el ritmo cansino con que los jueces puneños tratan el expediente. Lo cual lleva a una viuda adolorida a afirmar que los asesinos andan sueltos “por obra y gracia de jueces corruptos”. ¿Es así?
 
Sería de lo más interesante contar con un punto de vista de los jueces puneños sobre el tema de Robles.


Por lo pronto tenemos el perfilamiento de dos vertientes en el caso: quienes lo asesinaron y quienes lo calumniaron. De pronto hay quienes caen dentro de las dos categorías, pero la parte calumniosa no debería ser obviada. Calumniar sistemáticamente al administrador es una manera de relativizar la honestidad y las sanciones a quienes van contra ella.

Entretelones de este tema:
Crimen de Ilave: Entre la corrupción y el narcotráfico
Read more